• Sibila Gálvez Sanchez

Ni infieles ni poliamorosos


Una alegría liviana, dice Cabezón Cámara, que le da dibujar. Liviana en comparación con la escritura. Me gusta la idea de que haya movimientos -porque, en definitiva, se trata de movimientos- más livianos que otros. De alguna manera, decir que algo es liviano o pesado es dar cuenta de cuánta resistencia ofrece aquello que intentamos emprender, o el material que queremos manipular, sin terminar desorientándonos en los pasillos psicoanalíticos a los que nos llevaría no hablar de peso, sino de carga o de esfuerzo, etc.


El otro día un amigo me dijo que cuando dibuja entra en calor. Que cuando entra en la de dibujar empieza a agitarse y a transpirar, me dijo exactamente. En su taller hace frío y no hay estufa. Las ventanas, abiertas, dejan entrar pequeñas ráfagas de viento que arremolinan los papelitos sueltos y, cerradas, vibran ruidosamente como si estuvieran por quebrarse. Pero él, cuando dibuja en medio de esa tempestad a escala, entra en calor y transpira. Me pareció fascinante.


Me la imagino a Cabezón Cámara pasando de texto a dibujo y de dibujo a texto como si pasara de la máquina de abductores a la máquina de abdominales. Algo así. Un poco de esto, un poco de lo otro, para equilibrar el efecto que los ejercicios producen sobre los músculos.


Decir que la infidelidad de lxs artistas con los materiales y soportes de su obra se explica en función del desborde es, en principio, insuficiente. El texto de sala de Infieles describe a lxs artistas como ollas a presión que rebalsan y derraman Obra. Como si la escritura no les alcanzara para decir todo aquello que quieren y tuviesen, por eso, que pasar al dibujo y viceversa. Habría un exceso de ganas de expresarse que, a borbotones, se expande por los objetos y las superficies que están a mano. El artista o, mejor dicho, el cuerpo del artista, rehén de algo que podría llamarse su potencia creadora -una conciencia previa, una especie de susurro insoportable-, queda relegado así al papel de instrumento y mediador entre las ganas y las técnicas. Un muñeco que ejecuta los movimientos y habla las voces de su propia expresión, arrastrado sobre teclados o sobre cuadernos o sobre bastidores o sobre papeles o sobre revistas o sobre telas, etc., etc., etc.


Si insistimos con la analogía del gimnasio, ese mismo razonamiento llevaría a pensar que el pasaje de un aparato a otro es la consecuencia de unas excesivas ganas de moverse que no encuentran un sitio que las agote.


Trae algo de belleza la imagen del desborde. Algo así como unx artista en erupción que se lleva todo puesto a su paso encendido. Que va transformando la materia en algo blando y caliente. El problema es que la escena del desborde deja, con suerte, en segundo plano el registro del cuerpo. El deseo, la disposición, el gesto y, finalmente, la acción que implican ser infiel a una forma del arte no tienen lugar si se habla de desborde.


En el cuerpo se juega con claridad el peso de la infidelidad. Quienes tienen amantes saben que en las marcas y en los olores de la piel están las claves que podrían hacer desmoronar el castillo de mentiras. La muestra-telo se organiza como escenario propicio ah hoc para la traición: nombra la infidelidad y, en el mismo movimiento, la habilita.


Cuando Cabezón Cámara enuncia la alegría liviana, el cuerpo recupera territorio. Ya no vemos unx artista que desborda porque lo demasiado que tiene para decir no encuentra lugar, sino algo más sutil: una alegría que, encima, es liviana. Es el cuerpo que se aburre y quiere pasar a otra cosa, o que se cansa y quiere reposar brevemente, o que siente fastidio, curiosidad, o simplemente ganas. Unas ganas que no transitan una avenida florida, sino que se mueven por otros caminos. Y entonces ya no son necesarias las explicaciones, ni las coherencias internas, ni las continuidades, ni mucho menos las complementariedades de la obra. La escritura y la pintura ya no se auxilian mutuamente. O sí, pero sin buscarlo.


Si el ave Chilli que dibujó Cabezón Cámara, y que se exhibe en la muestra, no funciona como una evidencia de aquello, es al menos la marca que da cuenta de una postura corporal, de una distancia y una perspectiva. El ave se posa sobre la ventana y canta. La escritora devenida dibujante deja su cuaderno o su computadora y toma el lápiz color rojo. El sonido que emite el pajarraco negro se vuelve palabra y se inscribe como imagen. Ese ave Chilli aparece fragmentado en cuatro cuadritos: el primero es una vista general, un paisaje bucólico indiferenciado; los tres que restan son observaciones desde una aparente cercanía física con el bicho en cuestión.


¿Qué son los pajaritos de Cabezón Cámara volando sobre un cielo anaranjado? ¿Un dibujo de recreo, un ejercicio de descanso activo, una manifestación que se construye a conciencia o un gesto ilustrativo de aquello que estaba escribiendo antes de que el animal se asomara a su ventana? De cualquier manera, los pajaritos funcionan como ejemplo: miren, acá tenemos otra escritora que pinta.




















RECENT POST