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  • Bob Lagomarsino

No hay remate


Así como Hegel pudo encontrar en un martillo roto la idea que le daría forma a la fenomenología del espíritu, los artistas porteños hoy depositan su mirada sobre el martillo de la subasta realizada en Roldán que cerró la venta de las obras de la colección más importante de la ciudad.


De esa manera empiezan a circular algunas ideas que no solo confirman lo que ya sabemos todos los marxistas, que el arte es una mercancía bastante extraña, sino que le dan forma a una nueva ontología de negocios que incluye galpones, curadores y un colorido entramado institucional.


En el centro del debate sobre el Droit de suite descansa un tema que no podemos desatender: el derecho de propiedad. Aunque para el determinismo económico se trate de un monto irrelevante, un vuelto que no amerita discusión alguna, no deja de ser algo así como el espíritu de este asunto; y cualquier creyente sabe que aunque el espíritu no pesa casi nada, el espíritu importa.


En la reciente industria del arte, que tiene lugar desde 2015, las galerías parecen haberse fortalecido más que nunca de la mano de Meridiano, los artistas parecen más organizados que nunca gracias a numerosas agrupaciones, la crítica de arte parece vivir su esplendor con la revista Jennifer y el gobierno socialdemócrata parece apoyar como nunca las prácticas artísticas. Sin embargo, a pesar de ese escenario paradisiaco, las cosas -al igual que el martillo de Hegel- no parecen estar funcionando bien. 


En medio de celebraciones y abucheos sobre la subasta, ante  la falta de propuestas en relación al tema central de la discusión -la formalización del derecho de propiedad- no tengo problemas en proponer las mías.


Para seguir con el tono economista, la cosa es así: La clase dominante siempre quiere abolir nuestros derechos, en ese sentido ponerse del lado de ellos para acordar una tarifa de Droit de suite me parece algo ingenuo.


Como artista, es tentador pensar a la manera de un pequeño burgués y considerar que todos te deben algo por tu trabajo. Pero... no es así como funciona realmente el arte. Antes que cualquier otra cosa el arte es un regalo, los artistas que quieren que les paguen por cualquier cosa deberían pensar qué pasaría si todos aquellos artistas que disfrutamos sin pagarles un centavo regresaran de la muerte a reembolsar lo que les debemos. Rápidamente descubriríamos que poseemos más de lo que ganaríamos si continuamos con políticas egocéntricas centradas en los derechos de propiedad.


Hasta que no eliminemos la economía de los productos básicos, tenemos que aprovechar al máximo un sistema híbrido de economía de regalos y productos básicos. Todos los trabajadores necesitan que se les pague, pero la economía del arte siempre tendrá una parte de regalo.


Lo que hay que evitar es tomar partido entre los dos lados de la clase dominante: los que poseen la propiedad y los que controlan su flujo ¡Al carajo el droit de suite! El arte puede hacer mucho más para abolir la propiedad que para reafirmarla. 

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