• Fernando Ghersini

Obsolescencia programada



Crecí en la década del 90 con una computadora. La oración por sí misma no dice nada relevante sobre mí, lo suficiente para lo que quiero narrar: hijo de la clase media argentina característica que creció durante esa década, clase que seguramente en una década o menos desparezca por completo del país.


Cuando llegó la primera computadora a mi casa tuve el privilegio de ser el que más la usaba junto a mi padre, simplemente por ser el hermano mayor. Por defecto venía instalado el Prince of Persia que jugué en varias oportunidades, pero los juegos de plataforma nunca lograron satisfacerme del todo. No tengo un recuerdo preciso de cómo llegaron a mis manos las aventuras gráficas, puedo suponer que por el boca a boca entre amigos y compañeros de la primaria. Tampoco recuerdo cómo llegué al local de Fernando en el centro de Avellaneda.


Junto a otros socios que iban rotando, desapareciendo o mutando, Fernando vendía videojuegos y programas para que abastezcas la poca memoria de tu computadora. También ofrecía servicio técnico para la misma porque siempre ibas a necesitarlo, especialmente en ese entonces. El local también iba desplazándose de galería en galería, a veces lugares espaciados, otros apretados. Los cambios de locación eran un misterio que imagino que mi padre se encargaba de rastrear telefónicamente.


Solía ir de compras los fines de semana por la tarde. Imagino que sería más divertida la experiencia de Pumper Nic o Shopping Sur con amigxs. Difícil saberlo hoy, mucho menos en ese entonces. Pasaba por el local los fines de semana por la tarde y si estaba muy concurrido recién saldría a la noche. Algunos de estos juegos, por sus características gráficas, sonido y jugabilidad, podían alcanzar un promedio de catorce o más diskettes de 5 ¼. Era un proceso industrial con tintes artesanales en que copiaban cada disco con su correspondiente etiquetado y a veces probaban si la totalidad de las copias funcionaban.


Después estaba el aspecto engorroso y burocrático de la instalación del juego. Podías rezar que al insertar en la disquetera el disco veintiuno funcionara no rezaba en aquel entonces, pero podría haber sido una opción y la instalación fuera exitosa. Muchas veces algún disco fallaba porque la copia se realizó mal o porque el propio soporte físico era muy vulnerable. Ni siquiera estoy tomando en cuenta que tuviera algún virus, sería un capítulo aparte.


En la mesa del local de Fernando siempre estaba el catálogo de videojuegos impreso en una carpeta donde podías elegir las novedades. No tenía el atractivo de un videoclub donde podías ver carátulas y leer sinopsis, acá simplemente sabías la cantidad de diskettes de 5 ¼ que llevaba cada juego y a qué género pertenecía. Después se optimizaron los tiempos de espera en la grabación con la llegada de los diskettes de 3 ½.


Mis lecturas favoritas fuera de la literatura tradicional durante esa década eran comics de Condorito y las Tortugas Ninja. Adicionalmente iba al kiosco de diario de la esquina de mi casa a comprar las revistas españolas de videojuegos. Eran lo más próximo a contemplar el mercado de novedades a pesar de que llegaran con meses de antigüedad como mínimo, los precios en pesetas y algunos productos que jamás veríamos en la Argentina.

Tenías la opción de anotar y elegir otras aventuras, tener pistas nunca se entregaba absolutamente la información para completar una aventura gráfica ni resolver todos los puzzles. Lo más sencillo era compartir el mismo juego con algún amigo y revelarse mutuamente pistas. Eso pasó mucho con el Maniac Mansion, especialmente, por su dificultad. Este juego además tenía la famosa puerta blindada con contraseña en la que necesitabas que tu proveedor amigo te entregara una copia de ese sistema de seguridad porque de otro modo no podías avanzar. También pasaba algo similar con otras aventuras gráficas como dispositivo anti pirateo. Era muy poco probable que alguien tuviera un juego original cuyo packaging era una suerte de caja feliz de McDonald’s.

Mientras escribo siento la vejez apoderarse en esta evocación, soy del escalón más antiguo de la generación millennial. Todo este período al escribirlo y recordarlo lo siento descartable, obsoleto y tengo mis reservas respecto al interés que pueda despertar en personas más jóvenes que no lo experimentaron.




Los grandes creadores de juegos de las características de los que me gustaban eran LucasArts y Sierra On-Line. Recuerdo algunos juegos en particular por fuera de esas dos empresas como Blade Runner y Dark Seed, este último como una experiencia aterradora que contaba con gráficos diseñados por H.R. Giger. Eso hacíamos durante esa década algunos amigos, compañeros de primaria y yo. Pocas veces compartíamos la experiencia en la misma computadora en persona porque no era lo mismo. Preferíamos esa ficción personal, evasión individual, contarnos por teléfono fijo los resultados en el peor de los casos. También tenía otros compañeros que preferían encerrar a una compañera de clase en el armario del aula durante el recreo ingresando uno o más adentro para manosearla. Eran prácticas naturalizadas en ese entonces, como que el director de la escuela diera una clase para una transición suave y feliz al secundario mientras le pedía a alguna alumna que se sentara en su regazo mientras contaba sus revelaciones.


Actualmente, cuando exploro eventualmente el mundo de las aventuras gráficas encuentro algunas novedades que nunca están al nivel de esas piezas de culto. La saga de Life is Strange cuenta con mi valoración positiva, y Thimbleweed Park como un apartado: sólo tiene sentido como homenaje a X-Files y a todos los componentes que conciernen a la jugabilidad, el argumento, los puzzles y los personajes característicos de lo que jugábamos en estas primeras aventuras durante la década de la convertibilidad.


Me gustan las historias mínimas, medianas y grandes. El sentido narrativo de las aventuras gráficas daba ese golpe audiovisual como si pudieras jugar al Elige tu propia aventura, otras de mis lecturas preferidas en la primaria junto a Stephen King. Esto no quiere decir que no jugué con otras plataformas. Tengo gratos recuerdos de Edu Games, consola que era una especie de evolución de la Atari y podías alquilar, comprar o intercambiar con amigos los cartuchos. Recuerdo especialmente el juego de The Simpson que era prácticamente imposible ganar.

Esto fue la antesala a la época dorada de internet donde todo era un misterio y un descubrimiento al mismo tiempo, donde se fue diseñando mejor la piratería y la comunicación virtual empezaba a resultar alentadora para personas como yo. Capaz éramos protohikikomoris: es importante resaltar que algunos de estos juegos podías resolverlo en siete horas como en dos o más semanas. O jamás resolverlos porque siempre se presentaba una dificultad, capricho del autor del juego o alguna pieza perdida que te obligaba a probar las acciones más absurdas esperando que dieran resultado.


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