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  • Gabriel Asís

¿Qué estamos haciendo?



Había ido con Sugar a buscar el cuadro de Belén Boeris la primera vez que vi la muestra. La segunda vez fui con Tomás, que se encontró con Ian luego de años. Comimos ñoquis tricolor cocinados por Emilia, estaban exquisitos y quiero más. Hablamos mucho, conversamos y filosofamos y nos preguntamos “¿qué estamos haciendo?”.


Tessi inundó Casa Proyecto con retratos multicolor; la cocina, además de ñoquis y vino, también incluía obras. Es como si casi todos los estímulos del mundo estuvieran siendo recitados por aquellos colores mutantes y brillosos En los entrecejos y las faces de los personajes pintados, indicios y restos de Anhedonia se asoman desde el óleo. ¿Ese punto mediano en el que las titilaciones del día o de la noche ya no están a la altura de nada? Pelotones de incentivos, rejuntes de pigmentos y acoplamientos de luces y sombras, a disposición de los usufructuarios potenciales, esperando repercutir. Y más bien rebotan.


El humor es muy sensible, es un camaleón por momentos. A veces se quiebra y no puede adaptarse. Los colores primarios o secundarios, saturados y convergentes, se atascan en rostros que ahora no quieren participar del ciclo de sensaciones. Sentimos perplejidad cuando vemos aquellas siluetas que nos corren la mirada, como si no quisieran juntarse con nosotrxs, o desearan evitarnos. Pero nadie corrió la mirada aquel domingo.


En Políticas de la amistad, Derrida coquetea con la idea de que al Otro hay que obligarlo a ser libre, obligarlo a ser capaz de no responder nuestro llamado. En sintonía, Nietzsche reemplaza la reducción de Lo Diferente a Lo Semejante implicada en el amor-al-prójimo por la extrañeza siempre ardiente del amor-al-distante. Nada se comparte entre iguales, o de igual a igual; los demás están más allá, asimétricos, en la lejanía de su alteridad intocable, aunque atravesando nuestra subjetividad de principio a fin, porque no somos algo cerrado, o completado, o incorruptible. Según Derrida, no podemos amar otra cosa que no sea la posibilidad de ruina, que no sea la totalidad imposible. Celebremos el fracaso de las uniones perfectas, nos lo pide Blanchot. Jamás lograremos absorber a alguien, o asimilarlo a nuestra mismidad, si bien la otredad se encuentra previamente dentro nuestro, contaminando y conformando aquello que nunca podría llegar a ser una identidad inmunizada y autosubstante.


Además de ñoquis, durante ese rato también engullimos las pinturas de Emilia, con los ojos. Pobres, se nota que quieren estar en paz, que nadie las moleste, y sin embargo no hacemos más que mirarlas y verlas, y mientras tanto dialogamos, reímos, como si de verdad observáramos de reojo a esas personas en un bar, o desde la puerta de un

dormitorio vedado al voyeurismo. Las obras no se inmutan, no nos van a registrar, no existimos para ellas. Un paredón invisible impide acceder a esos estados de ánimo delicados que nos rodean en forma de lienzos, mientras la coloración, muy llamativa, sigue ahí, imperturbable, convocándonos como cantos de sirenas inabordables. Exposición amurallada, podría decir Agamben. Noli me tangere, diría Nancy. ¿Quién se atrevería a tocar una pintura en una galería de arte?


Antes de despedirnos, reafirmamos cuánto habíamos charlado, y contrastamos esos debates frescos con otras ocasiones en las que, ya sea por Anhedonia o no, estamos sin ganas de hablar con los demás, casi sin ganas de nada, hora de irse y si me llaman no contesto. Esa tarde el desgano se hizo presente en las obras de Emilia, sus figuras lucían

somnolientas en medio de un contexto todavía encendido, los placeres seguían su curso de acá para allá pero esquivando a quienes, acaso por un rato, no los admitían más.


Sobre la muestra Anhedonia de Emlia Tessi en Galeria Casa Proyecto (San Telmo, Bs.As)

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