• Helena Pérez Bellas

Leer y Escribir (Capítulo 2)


Leer y Escribir 2: Christian Ferrer


No matarás al hombre porque todo hombre es sagrado y cada hombre es todos los hombres - Oscar del Barco

The truth will seth you free. But not until it is finished with you - David Foster Wallace



Son las doce de un día difícil que le sigue a otro día difícil. Iba a escribir otra cosa, pero hablando con Ileana (a quien conocí por Christian Ferrer) terminé encarando esto, que creo es la ambición de hablar de mi vida en relación con el mundo y el mundo que tengo en mi, para darle a la vida.


Para poder matar hay que ser muchas cosas: policía, sicario, ladrón, militar y también revolucionario. Se mata en nombre de las ideas, por derecha y por izquierda. Todos en Argentina tienen razones para matar, los que son malos porque quieren corregir a los que son buenos, los que son buenos porque quieren combatir a los que son malos. Y en el medio se dinamita la vida como experiencia, se degrada y se niega la posibilidad de ser y verse, convivir, existir entre pares más no entre iguales en líneas ideológicas. Todas las bandas, las derivas de la pesada, creen que tienen derecho a matar. Una obsesión que funda Argentina y década a década encuentra justificadores en manada, o más bien en agrupaciones de sociedades para el ilícito con o sin venia del Estado, no interesa. Son chacales, único animal que no comprendo, que no considero digno del reino de la existencia natural.


Debo seguir en el orden de los secretos. Christian Ferrer, Chris, Christian Jesús, Ferrer, los nombres que le encuentro en otros y en mi, que se multiplican orbitando entre el respeto, el deseo de la amistad, la posición de querer aprender de él un todo; me dijo una vez: sos muy valiente. Y yo sentí que por primera vez estaba en paz con el mundo. No me dijo sos fuerte, me dijo sos valiente. Los que te dicen que sos fuerte, son los que anticipan que te van a dejar sola. Los que te dicen que sos valiente, son los que te encienden el espíritu interior con una llama que nunca se apaga.


Lo voy a escribir acá para que quede para siempre en la biblioteca satánica de las redes sociales: voté a juntos por el cambio. Mi amiga Yael Rosenfeld, me abrazó el día previo a hacerlo. Estaba en su casa tomando mate y le dije Yael, mañana votó la lista de Juntos y ella primero me miró, como si estuviera haciendo un stand up y después se dio cuenta que era verdad. En la cena, porque yo su casa la vivo como mi hogar, mi lugar, mi refugio de la violencia del mundo; dijo tenemos un voto más. Su alegría fue la mía. Somos amigas hace más de 20 años. Vi nacer a sus hijos, ahora los veo ser adolescentes, adultos. Cuando tenía la edad de Brunito ahora un hombre yo estaba en otro lado, que jamás negaré, de izquierda, militante, arraigado a ideas que hoy encuentro lejanas a mi, luego de enterrar gente, pero también luego de vivir con terror el cáncer que sentí me podía arrancar a Yael. Desacuerdos, enojos, rechazos, dudas y desconfianzas mediante; no puedo soportar apoyar mediante el acto de la democracia a quienes son los que verdaderamente trajeron a nuestras vidas la idea de que es válido matar. Escribo esto porque pensé que yo era parte de los buenos y siendo parte de los buenos tenía derecho a todo. Era joven, puede ser. No sabía lo que valía la vida, puede ser. Pero ya era valiente y mi valentía la desperdicie por años entre quienes justifican matar. Tuve parejas que también eran de la corte de los buenos. Y primero perdí una cosa, luego otra, otra más y no estuvieron los buenos. Estuvo Yael. Y yo ahora soy valiente, porque Ferrer así me hizo y Yael así me sostuvo. No es un desafío, menos una provocación. Hablando con un ex militante en el medio de la noche yo le dije: hice esto. Y él me dijo, yo no lo haría. Luego silencio. Al fin del silencio me preguntó, por qué no votar en blanco. Y yo le dije, porque quería romper algo en mi y construir una barrera tan invisible como sólida. Los que crean que matar es válido porque son buenos, no pasarán. Entiendo, me dijo. Y la vida siguió, hablamos de otras cosas, le pregunté si me iba a retirar la palabra y me dijo, no obvio que no. Esa noche dormí tranquila.


Conocí a Christian en el Parque Rivadavia, cuando era una arteria que conectaba con la venta de libros en Primera Junta, donde filatelistas se juntaban a mostrarse bellezas secretas. Antes, mucho antes, de que fuera un rejunte de venta de programas para quienes no pueden pagarlos. Me encontré unas revistas, que tenían muchas fotos, era domingo. Un pibe, al cual siempre recordaré, me dijo conoces Artefacto. No, le dije. Llevate, me contestó. Le iba a pagar y me dijo, no, si te gusta me pagas el domingo que viene. Me tomé el 181 y volví a mi casa, mirando las fotos, leyendo los titulares, con palabras nuevas, ideas. Leí en el colectivo, en mi casa, en un bar del centro el lunes, en el subte, en los bordes del oeste de la capital donde crecí y miré, desde el lujo de la distancia, la ciudad. El domingo volví, con más plata, para comprar más revistas y pagar la que debía. Eran esos años de dejar de vender Movicom y ver para donde iba.


Hace muchos años Eugenio Monjeau escribió un artículo polémico donde intentaba explicar por qué dejar morir a Videla en ese estado, estaba mal. Lo leí, escribía en el mismo lugar que yo al cual no puedo citar porque ya no existe, TP, alias de Los Trabajos Prácticos. A mi lo que me pareció, debería volver a leer pero lamentablemente no puedo, fue que carecía de la elegancia de las ideas y le ganaba la provocación. Lo sé porque doy esa lucha desde que nací (la de no ser una provocadora) no porque siento que tengo el derecho de definir a un otro lo cual es violencia. Hoy, ahora mismo lo hago, hubiera expresado mi desacuerdo de otras maneras no por él, sencillamente porque el ejercicio de la valentía no es ir a matar al otro. Es ver si se lo puede tocar con el tacto adecuado para que piense, en el orden de algunas ideas que podemos compartir, buscando otras palabras. No pasó eso lamentablemente. Porque seguimos en este baile del horror, entre los que somos buenos, los que somos malos, que al final somos las dos cosas, buenos y malos según donde nos pare la definición de la historia. Hoy le diría mira, dejemos esos bandos de lado. Pensemos lateralmente, para la vía del conocimiento y la crítica. Esto que decís lo dijo Oscar del Barco y esto se dice una vez y deben decirlo los que dieron esa luchas, se inscribieron en esos asesinatos, justificaron el derecho a matar, torturar y envilecer la vida. Hoy puedo decir eso, lea Monjeau o no, porque Ferrer me modificó para toda la vida. Esta es su influencia, que no es doctrina, no es militancia, no es devoción, no es el círculo rojo. Es querer ser, desovillando mi interior, la persona que estoy destinada a ser. Y si me decido por mi veta venal, el veneno más corrosivo que vive en mí, Ferrer, lo vea mucho, poco, hable con él todos los días o ninguno; no va a juzgarme. Pero quizás ya no me piense valiente y eso me llena de la tristeza profunda que frena con lágrimas lo peor de mi.




Ser insobornable, me dijo Ferrer, es no ceder a los imperativos de la época y tampoco a los del campo intelectual. Con amabilidad tres publicaciones me invitaron a escribir sobre Saccomanno y su discurso en la Feria del Libro -inclusive esta misma-, a las tres les dije que no. Es una renuncia modesta a lo venal, a la época y al campo intelectual. Tiene su precio, no tengo dudas. Ferrer me dijo, el precio de lo insobornable es ser problemático cuando, paradójicamente, uno está renunciando a serlo. Estoy dispuesta a pagarlo, aunque mi precio para muchos sean monedas, si cuando me muera los que me están esperando me llenan de abrazos porque vencí lo peor de mi. Creo en un más allá de la vida porque creo en el espíritu. Mientras intento modificarme no sin ofrecer algo a cambio. Por ejemplo, una parte de mi en relación con tantos amorosos otros.


Hace algunos años pasé a retirar un paquete por Penguin Random House, eran unos libros y uno de ellos era “Barón Biza, El Inmoralista” de Christian Ferrer, la edición definitiva. Barón Biza fue financista de revoluciones e izquierdista y también fue un infame de derivas femicidas, misóginas y violentas. En el inicio de ese libro - que no es una biografía es en palabras de Ferrer, es un informe confidencial - se habla del hijo de Barón Biza a quien se describe así: Porque era culto podía prescindir de la jerga académica y porque era libre se interesaba por la vida popular. Empecé a leer este libro en el bar El Federal, en la barra. Esperaba a quien fue la persona más importante de mi vida, casualmente ex alumno de Ferrer, y hoy ya no puedo nombrar. Hablamos y me dijo, que bueno este libro, es un genio Ferrer. Él hoy es del bando de los buenos, me mira con lástima porque yo voté a jxc y formo parte de una cruzada de quebrados, si fuera trotskista me diría fundida, que votan a la derecha. Siempre fuí subordinada de su mirada, así fuerte o valiente según quien me lea, y si tardé en tomar este camino que creo doloroso pero honesto, fue porque había gente que no quería perder. El amor no es eso, pienso hoy. Admitiendo todos mis errores que no voy a detallar en respeto a la vida privada, el amor, en todas sus formas, pareja, amistad, familia; no es vivir con miedo al abandono. Y no es casualidad que el bando de los buenos no duden en abandonar a quien dice mira que no somos tan buenos, mira que somos violentos, opresores, moralistas y más de una vez, cínicos. Pararte ahí es quedarte a la intemperie. Pero afuera siempre llueve, uno se riega, abandona todo y nacen así las flores.


Leí a Ferrer luego de un golpazo enorme, la muerte de mi mamá, que apareció insolente pocos días después de tener su libro en mis manos. Pasó diciembre, en las fiestas fui un ente sin vida, en enero me fui a la playa en una carpa, Ostende a quién no conocía se abrió a mi paso con la calma del mar, los médanos, los árboles. Leí en esos días dos libros, el ya mencionado Barón Biza y también Chicos Prodigiosos, el mejor libro de Michael Chabon. De día leí la vida de locura de Biza y de noche me iba a dormir riendo del atrevimiento sexy de Chabon. Volví, agregué a Chris a FB, me aceptó lo cual me llamó mucho la atención, reseñé el libro, lo etiquete me senté a esperar como si fuera Navidad. Luego de una espera breve o larga no recuerdo, me escribió un texto generoso para agradecerme y yo pensaba, faaaah, este tipo tiene prosa de lujo hasta para los mensajes de Facebook. No sabía qué decir, sentía que si me conocía más quizás llegara la desilusión. A las semanas nos vimos en el Margot, ya que somos vecinos, en un mapa de Boedo en donde viven tantos a los que me honraría parecerme. Hablamos y su voz pausada, medida, suave, me dio sosiego. Los tehuelches tienen una técnica de doma, la doma persuasiva. No agreden, no le pegan, no le dan fustazos, patadas o golpes a los caballos, en su cosmos son semidioses. Les hablan, los miran a los ojos, los acarician, no los someten, no los obligan a nada. La técnica es tan efectiva que se puede montar a pelo y también logran dormir con movimientos a los caballos, con quienes ellos también duermen, haciendo del cosmos un encuentro humano-animal. Algo así sentí yo, perdón seguro esto traiga risas, burlas. No importa. Se que me faltaba y me falta al día de hoy, civilidad, sosiego, calma, control de las emociones y administración de las mismas. Pero quiero ir por el lado de esas voces, que me llaman para ser finalmente libre.


Christian me inició en Martínez Estrada, me regaló su biografía porque no quería que gaste mi dinero en eso, me armó un paquete con varias Artefacto que yo no tenía, me ordenó en otras cosas también, me acercó a Toto Schmucler, también me dijo que volviera a leer a Ursula Le Guin y me aconsejó abandonar lecturas, por violentas, por pesadas, por dañinas y así lo hice, pensando desde la intuición como él me indicó, escuchando lo que ella me dice y desde ahí armé otro campo de lecturas, verde, fresco, me fuí lejos y me hice presidenta del club de fans de Martínez Estrada en el cual ahora estoy sola, pero mañana no sé. Leí su correspondencia con Ocampo, prólogo de Ferrer, leí también a Jonathan Crary en noches largas en Varela Varelita, buscando una veta diferente a las ideas del marxismo, a Ferrer lo leí en entrevistas, lo escuché en clases en YouTube, si él citaba yo buscaba, si él nombraba yo buscaba ese nombre. Leí, escuché, siempre que quería saber para donde ir le escribía en el chat y él me decía que armaba una respuesta y la armaba, yo leía, aprendía. Son años así, no sé si muchos, pero son años así y mucho de lo que aprendí de él; aceptar, renunciar, construir igual entre las ruinas, no matar ni en lo simbólico siquiera, declinar de los debates, las discusiones, hacerme más desde el amor que desde la dificultad a que el amor llegue, no formar parte del teatro de la crueldad jamás, alejarme de la moralidad, no destruir. No siempre me sale. Me gana no el odio, no el resentimiento. Me gana el dolor. Y desde el dolor muchas veces no se puede nada y todo lo que hice desde el dolor me ha salido mal, torcido. Pero esto no. Es un dolor tranquilo.


Algo fracasó, no sabemos bien que. Ante la duda le metemos política. Se arman charlas donde la gente piensa sobre la izquierda, el progresismo, las ideas de los buenos. Al otro día en el mismo teatro se arman charlas sobre la derecha, el capitalismo y la minería. Al otro día en el mismo teatro se arman charlas sobre el liberalismo, la muerte del Estado. Al otro día en el mismo teatro se arman charlas sobre los que quieren la vuelta de la anarquía y armar una huerta en el balcón. Todos son actores de la misma dinámica infame que nos lleva a la nada, que nos trae más dolor, que nos separa a quienes deberíamos estar juntos haciendo cosas, tomando un café, cuidándonos, aprendiendo a querernos. La vida es otra cosa, tiene que ser otra cosa. No puede ser un teatro.


Le mando a R. esto, estoy en días en donde me duele el cerebro, ayer me dormí llorando, el día anterior también y el otro también, en fin toda la santa semana me dormí llorando pero ayer sentí que me habían intentado dar, a traición, una herida de muerte. Hablé con Ileana, hablé con mi querida amiga Cecilia y me abrí en dos. Me contuvieron con amor porque con amor digo. R, me dice muy bueno, pero no me imagino a Ferrer votando a Vidal y yo le dije que no debe ni votar Christian. Nos reímos. No pensas que a Ferrer le va a chocar leer lo que votas, me pregunta. No, le digo. Por qué, me dice. Pienso. Veo asomar el día, ayer pensé que si seguía llorando me moría. No pasó. Los votos, van, vienen, desaparecen, no cambian nada, sigo siendo Yo, me llamo Helena, tuve la suerte de conocer a Ferrer estando inundada de tristeza, tengo el tesoro de reconocerlo hoy para que la noche negra no me trague. Amo la vida, como hecho único en cada ser humano. Nazco otra vez.


 

Leer y escribir: Mardulce, Damián Tabarovsly, familia Zorraquín (Capítulo 1) por Helena Pérez Bellas




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