• Helena Pérez Bellas

Tenemos que hablar



La primera vez que fuí a buscar trabajo fuí al centro. Todavía había que marcar los avisos en Clarín y a mi la política no me interesaba. Gracias a Dios no fuí a un colegio de las elites de CABA (CNBA, Pellegrini) fui a un colegio católico, tradicional, de caballito y si bien en esos colegios la élite está presente se asume y no recurre a los disfraces, dicho en términos políticos: no quieren ser resistencia y gobierno, quieren ser gobierno. Para 1999 mi papá llevaba dos años desocupado con nulo aporte a la casa familiar, mi mamá tenía un kiosco sobre Lope de Vega y yo sabía que la vida, mi vida, estaba cambiando sin el poder de maniobra de las compañeras del secundario. Así que cuando la escuela se terminó lo que quise es tener mi propio dinero y el gran motor de eso es que cada peso era un dólar ¿y qué argentino no quiere tener dólares?


Un martes de febrero me dirigí a Movicom que estaba en oficinas alquiladas temporalmente sobre la calle Suipacha. Me costó mucho llegar pero nada de eso era nuevo para mi, llevaba años viajando para conseguir mis cosas. Todos eran más grandes que yo, algunos el doble, otros unos años más, pero todos eran más grandes. La entrevista consistía en agruparse en una sala con dos representantes de Movicom cada uno con un Movicom enganchado en el cinturón y dos chicas Movicom repartían unos cuestionarios que teníamos que completar y que los señores Movicom se iban llevando para analizar en sus oficinas. Luego de completar varias planillas se tomaron su tiempo, nos dejaron unos jugos de sobre y café de máquina. Antes de la hora ya estaban entre nosotros y yo pensé, ahora nos dicen gracias por venir, nos estamos comunicado. Pero no, las decisiones iban a ser tomadas en ese mismo momento, los que eran llamados se quedaban a trabajar y los que no gracias por venir. A mi no me llamaron y me fui, decepcionada a tomar la línea A para tomar luego el 25 que me dejaba en mi casa. A los dos días me llamaron para ofrecerme el trabajo, habían atropellado a una chica en una volanteada Movicom.


Trabajar para Movicom era horrible pero al mismo tiempo era muy divertido, al menos para mi que tenía 18 años. No había sueldo fijo, ni aportes, ni tickets de comida, solo había camionetas con mesitas desplegables y biromes o viseras para regalar a los que todas las tardes teníamos que evangelizar de punta a punta del centro, microcentro, macrocentro, catalinas, bajo y puerto madero. En ese momento la gente aún usaba beepers y la idea era convencerlos de los beneficios de la telefonía móvil, carisma como ahora, que te permitía hablar con todo el mundo todo el tiempo. Más teléfonos encajabas, más comisiones hacías. Otros días eran más simples, sencillamente había que regalar merch de la empresa y preguntar si se desea información sobre la misma. Los chicos Movicom eran heavys, no había sensación de compañerismo porque todos querían vender ellos los teléfonos y yo era muy chica, pero a mi nada de eso me importaba porque yo estaba cada día más enamorada y no soy de las mujeres que aman a los hombres, yo me enamoro de las ciudades. Mi gran amor es la ciudad de Buenos Aires y el corazón de ese gran amor es el centro porteño. Ayer, hoy y mañana.


Los años que trabajé en el centro fueron los peores de los años y los mejores de los años. Fueron los dos años que no nadé y los años que conocí la política desde la propia calle, no desde el periodismo. Tenía 18 años y no sabía que era un centro de estudiantes o si sabía que era pero no entendía para qué servía o por qué una persona de 14 o 16 años tiene que pensar en esas cosas. Para mi a esa edad se piensa en el colegio, los chicos, no repetir, hacer deporte, no se piensa en política. Tampoco sabía qué era exactamente una marcha por el 24 de marzo no porque no supiera que había pasado en el país, sencillamente no conocía a nadie que fuera a una marcha por el 24 de marzo. Pero en esos meses, de lunes a viernes, siempre te encontrabas cada tanto, cada un mes o dos o tres, con una marcha o una protesta o gente caminando con banderas para un lugar o para el otro, siempre. Para mi eran como personas que no sabía que vivían en la misma ciudad que yo, porque hasta ese momento conocía el centro de noche, pero no de día, de mañana, en horario laboral. Para mí era todo literatura.


Estuve todo ese año dale que dale con Movicom y un día me dijeron que no vendía nada y estaba paveando todo el día mirando cosas, gente, libros. Era verdad así que no dije nada. Pero yo no quería volver a mi casa porque no me estaba encontrando y sabía que en mi casa no iba a suceder, saber quién soy, qué hago. Así que con o sin trabajo dos o tres veces por semana iba al centro. Trabajé en un McDonalds y duré un mes. Pero me iba guardando la plata, como me había guardado lo poco de Movicom y cambiaba todo por dólares en Casa Piano de Flores. Ese año conocí a un pibe que estudiaba cine y yo dije bueno yo quiero estudiar cine pero no tengo plata. Así que me recomendó que vaya a la escuela de Avellaneda y fui, rendí los exámenes y entré. Dejaba el centro por Avellaneda. A la semana de cursar ví algo que jamás había visto en mi vida, estaba anotando no se que cosa sobre historia del cine y entró un pibe, alto, morocho, medio hippie y le dijo al profesor, permiso profesor puedo hablar. Yo me asusté porque pensé a este chico le pasa algo! Pero no, era un trotskista.


Después de ese trotskista vino otro trotskista pero no eran los mismos trotskistas y yo me quedaba pensando, pero no son todos trotskistas por qué andan separados o incluso enfrentados. Uno era del PO y otro era del PTS y los dos querían un centro de estudiantes que contaban, había dado de baja la dictadura, quería también cortar la avenida, hacer marchas, reclamar por el título de grado, arreglos edilicios y baños, porque no teníamos baño, y más cosas. Yo quería papel higiénico.


Las cosas se fueron dando o más bien me fueron contaminando. Mi mamá se asustó cuando dejé de ir a la Iglesia y no use más una cadenita con la Virgen y le dije la Iglesia es cómplice de la dictadura, un día así de la nada. A los seis meses yo era una persona convencida pero también veleta, porque un día me gustaba más un modelo y otro día otro y otro día me hacía preguntas sobre el peronismo y otro día quería abolir el Estado y así cumplí 19 años, fue el primer día que cortamos la calle porque las paredes estaban electrificadas, había ratas en el edificio, cada vez que salíamos nos robaban en la estación de tren o cerca del puente, todo era difícil y yo creía que la manera de conseguir las cosas era esa, porque yo creía. Porque una persona de fe es siempre una persona de fe. Dios, Marx, todo es lo mismo.


La salud de mi viejo empeoró severamente, para el 2000 llegó con un pulmón menos y muchas deudas. Chau cine. Pero seguí teniendo amigos del cine y uno un día me dijo queres ir a un lugar donde doy un taller de fotografía y le dije dale. Me pasó a buscar por mi casa en un auto muy viejo y nos fuimos hasta San Francisco Solano, donde nos recibió un cura y me habló de Chiapas, la horizontalidad, me mostró un dibujo de muchos peces chicos que se comen a un pez más grande, hablaba con palabras que no sabía si eran reales, autogobiernos, rondas de pensamiento autónomo, citaba a un tipo que se llamaba Holloway y hablaba de descentralizar el poder y así. Y yo empecé a ir porque no tenía mucho para hacer, no iba mucho, pero iba y me sentaba en las rondas y escuchaba. Eso era la Aníbal Verón.


Una cosa se encadenó a la otra. Necesito mucho tiempo y paciencia para explicar cómo se fueron dando. Pero la política para mí pasó a ser todo o casi todo, me absorbía cada segundo de mi vida, me hacía viajar a lugares que no conocía, asentamientos del sur profundo del conurbano o de la matanza, para el estallido del 2001 la Anibal Verón junto a la tendencia Clasista y Combativa eran las agrupaciones de desocupados más grandes del país, los piqueteros.


Estuve en decenas de cortes, el día que fuí a El Jaguel mi mamá se quedó llorando. De eso si me arrepiento. Para el 2002 tenía claras muchas cosas, pero seguía sin entender absolutamente nada de la vida. Muchos de mis amigos vienen de ahí, Ignacio Smith o el tiempo compartido con Pablo Ferreyra hoy un desconocido para mi, novios, proyectos, parejas, convivencias, viajes, todo lo que salía salía de ahí, en donde la mezcla entre los grupos piqueteros y la clase media argentina se daba casi de manera natural, lo que ahora es una exposición en el CCK o parte de libros de importación para que los europeos se fascinen con nosotros, era mi vida, nuestra vida. Cuando la gente de Palermo decía piquete y cacerola la lucha es una sola lo decía porque lo creía. Lo sé porque lo vi, Igual las cosas a mi no me cerraban, las organizaciones así, no sé, hacer una panadería o un emprendimiento de grisines o un criadero de chanchos. La vida para mi tenía que ser más cosas o eso había aprendido de años viviendo de noche y de día en el centro. Pero a los 20 años parece que no pero te falta. Tenés corazón pero no tenés lenguaje.


Ese año empecé a ir a cursos de formación y a un seminario sobre Marx en la vieja sede de Sociales. El autonomismo fue, ahí estaba lo que quería yo, trabajo, plata, capital concentrado. Entender no entendía nada, siempre leí pero cada una de esas páginas las tenía que leer tres o cuatro veces. Un día después de cumplir mis 21 años una escopeta Ithaca 37 calibre 12.70 iba a cambiarlo todo. El ánimo estaba caldeado, como ahora, sabía que las corrientes piqueteras esperaban un fuerte entrenamiento porque el día previo al corte del Puente Pueyrredón pidieron que mujeres, embarazadas, niños y personas con discapacidades no se presentaran al corte. El que no sepa cómo sigue esta historia no es argentino.


Los meses que siguieron fueron de cortes, en Buenos Aires todavía se podía ver a europeos fascinados con el registro del movimiento social, pero la vida empezaba a tirar casi de manera natural para otro lado. El orden empezaba a ser algo necesario y yo seguía siendo joven pero no quería vivir más en mi casa. La gente votó, Duhalde antes ordenó la economía de frente a la política que venía, las cosas cambiaron, yo cambié, movimientos que nucleaba miles de personas nucleaba a cientos, llegaron los planes, crecieron los planes, antes del kirchnerismo no había ni cien mil planes sociales en Argentina. Hoy hay 22 millones de planes sociales, combinados en sus 141 variantes de planes, asistencia y más. La gente que conocí, que se enfrentaba en Mosconi o las rutas de Jujuy o el Gran Buenos Aires a la desocupación no sabía ni quería saber nada de planes. Hoy, ayer de hecho, ayer cruce Cerrito, vi a los militantes del Polo Obrero, hable con unos, hable con otros, nadie habla de trabajo o bueno muy pocos y si hablan de trabajo se habla dentro del Estado, algunos, los más jóvenes son la tercera generación de planes.


Estuve trabajando en el centro, para una editorial salesiana, tenía una deuda acumulada de la cuarentena y acomodé unas cosas, me compre ropa interior, medias, tengo que buscar trabajo, quiero pegar un volantazo, mi amigo Fede, ex militante como yo, me apuntala para entrar en el territorio de las empresas de alimentos, se gana bien, otro amigo me apuntala para entrar a Mercado Libre, tengo dos entrevistas la semana que viene, el lunes me tengo que encontrar con un flaco para preguntarle que onda esa empresa donde trabajas. Salgo con un bolso enorme o la mochila, con cargadores, memorias, ropa, la malla, sigo leyendo, editando y escribiendo, liquide la relación con los salesianos, volví al lugar donde empecé. Quiero trabajar en el centro, me estoy volviendo loca, es la quinta semana con dos marchas promedio por semana, la gente no habla de unión, yo no hablo de unión, donde caía bien hoy caigo mal. El martes estaba en un colectivo y el colectivero empezó a gritar qué pasa ahora, que mierda pasa ahora y le daba al volante con todo. No existe un país en donde 10 palos de asalariados sostienen al resto, es un país imaginario pero del orden de la pesadilla.


El sábado salí de GEBA y en el Mac me encontré con Lili que labura en una empresa de limpieza del lado de Avenida de Mayo y lleva con mucho esfuerzo a una de sus hijas para que pueda ser gimnasta en el club. No es fácil, se los puedo asegurar. Me preguntó que hacía y le dije que estaba esperando para ver como volvía a mi casa, cargando un dispositivo electrónico, leyendo, contestando un mail, boludeando en instagram. Ella me dijo que estaba en la misma. Cuatro militantes de Barrios de Pie se sientan frente a nosotras con sus pedidos de comidas. Neoliberalismo nunca más se ve, es un decir.


Los movimientos de desocupados hoy son administradores de la pobreza. El trotskismo es la ONG de los peronistas, los que tiran las consignas más picantes pero al final quieren exactamente lo mismo, Pitrola habla y Grabois modera. Los pibes hoy no hacen el camino político que hice yo, que no es ni fue especial en absoluto. Votan a Milei o se plantan porque un dirigente con un teléfono de 400 lucas le dijo hoy se corta. No hago juicio, es la foto del día. De mi generación igual la mayoría traicionó, no quieren planes, pero quieren que les expropien los edificios “viejos” que tira Larreta y quieren que las becas de investigación o los ministerios de fantasía los paguen los trabajadores informales. Hago mi vida igual, cada día intentó ser feliz cinco minutos, ayer fuí feliz varias horas, conozco el centro se cuando salir y cómo salir, con uno o veinte cortes. Argentina es un gran tenemos que hablar. Pero creo que para eso es tarde.


 

Otra notita:

"Un caníbal", Helena Pérez Bellas

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