• Syd Krochmalny

Bonaparte en América


Estados Unidos no tuvo su revolución a la francesa, no recurrió a las guillotinas de Maximilien Robespierre ni a los caprichos imperiales de Napoleón Bonaparte. Estados Unidos es un experimento fallido, los ideales del materialismo, el autogobierno, la democracia y la búsqueda de la felicidad nunca se consumaron. El proyecto político de los padres fundadores terminó en el poder de las corporaciones y en un Estado militar que impulsa guerras más allá de su soberanía política.

De Lincoln a Obama: “Ellos ven el presagio de esa época venidera en que a Abraham Lincoln, hijo honrado de la clase obrera, le ha tocado la misión de llevar a su país a través de los combates sin precedente por la liberación de una raza esclavizada y la transformación del régimen social” (Marx). De la guerra civil a un cristiano afroamericano que caza islámicos.

De Reagan a Trump: The Wall Street Journal sostuvo que Trump puede ser una mezcla de Perón y Chávez. La hipótesis del fantasma que recorre el continente toma el cuerpo latino y es celebrado en Florida: "La fuerza creadora de los mitos, característica de la fantasía popular, en todas las épocas ha probado su eficacia inventando grandes hombres. El ejemplo más notable de este tipo es, sin duda, el de Simón Bolívar" (Marx). Un patán que quiere construir la muralla azteca.

Donald Trump ganó las elecciones, un hombre duro y carismático, cabaretero, de retórica anti elitista y conservador, con el poder de las armas del Estado, en otras palabras, un bonapartista: el primer populista de la modernidad. Trump derrotó a Hillary Clinton -la candidata del partido demócrata y miembro del establishment que promueve una política internacional de corte imperialista- frente a un Estados Unidos con problemas económicos y políticos de orden estructural: gigantesca deuda externa y polarización social. Es la socialdemocracia burocrática y de buenos modales que deglute los impuestos de los oprimidos y trabaja al servicio de la oligarquía capitalista.

Trump es la imagen de un empresario self-made que lanzó la batalla contra los partidos tradicionales dentro de las filas del Partido Republicano, fue la expresión de las masas no organizadas, antrincheradas con sus armas, contra la expresión de la ciudadanía constitucionalmente organizada en el sistema político, apeló ante el pueblo contra los políticos parlamentarios. Fue lo suficientemente audaz para explotar públicamente esta degradación del poder político. Combatir la corrupción como un reality show es el mejor slogan. No es un argumento es una performance. Anula el debate abriendo la boca para gritar.

¿Quién es el sujeto de la historia? White trash: los oprimidos que no se identifican con el establishment ni con los minorías. Es una masa que nada tiene que ver con la clase media orgánica y sus hábitos burgueses de Whole Foods. Es la clase trabajadora y el lumpenproletariado suburbano que aspira al retorno del sueño americano: que el centro de Estados Unidos se erija en el faro de hacer América Great and White Again. Es la misma clase que tomaba sidra y comía salchicón en París, es la clase obrera que comía salchichas en Berlín, es el hombre masa de Ingenieros, es la fracción de una clase humillada que unificada con su odio y desfachatez no quiere articularse con arriba ni con abajo. Es Homero Simpson, no estudia en Yale, ni en Columbia, le gusta tomar birra, ver beisbol y Jersey shore, tocarle el culo a las minas y hacerse el macho pistola. Es la clase trabajadora que se constituye en un campo de experiencia, no en modelos morales de tibios demócratas de doble vara. No es la clase obrera de la comuna de París que prendió fuego el arte pornográfico que Luis Bonaparte exhibía en los baños de las Tullerías. No es Gargantúa y Pantagruel de la cultura popular, es el Swift de la industria cultural. Es la clase de gente que la izquierda intelectual y moralmente cultivada suele despreciar.

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