La dificultad de creer

December 4, 2016

 

Para la generación que ocupa el centro de la escena artística oficial de Lima, la llegada de KFC, McDonald’s y Subway en los 90 no es índice de una alimentación precaria. Son los signos de una generación de artistas que, por primera vez en el Perú, se reclaman auténticamente globales. Una para la que la palabra ‘éxito’ no es ni utopía ni azar, sino la principal medida conceptual de su producción. De allí que varios se hayan dedicado con firmeza a convertir las huellas subjetivas de esas marcas transnacionales en verdaderos modelos operativos del arte contemporáneo. Algunos pocos han logrado afianzarse y madurar profesionalmente al compás de las ferias que soplarán cuatro velas el próximo año.

 

En su última individual, I Still Don’t Believe (Ginsberg Galería, 2016), Abel Bentin refuerza la idea de una generación que se preocupa por construir marca: dos conos dorados de helado negro derretidos sobre los ojos de Luis XIV –revisitando sus célebres Creamed (2013). Un signo de dólar enmarcado en pan de oro, dibujado con la misma crema oscura. Diez conos de helado aplastados contra la pared, veintiséis pegados sobre lienzo y otro tanto regado por el suelo. Pero también apela al gesto mínimo: nueve puntos negros sobre fondo blanco, un punto negro sobre blanco, un smiley, siempre de helado negro. En un imprevisto giro relacional, los asistentes a la fiesta de apertura lo disfrutaron en versión comestible.

 

Su obra nos muestra una escultura siempre desbordada por sus propios materiales. Formas que se derriten, acompañadas de cráneos, pistolas, donuts y luces de neón. A veces algo se funde sobre un pedestal o rebalsa una vasija. Otras veces el artista derrite réplicas de esculturas clásicas y alguna queda instalada de cabeza en la calle. Sin embargo, no se trata de un asunto únicamente matérico, sino también simbólico. Bentin se esfuerza en convencernos del carácter crítico de su trabajo, como lo sugiere un busto de Fidel Castro entomatado y derretido, envasado luego en una warholiana botella de ketchup. Apela a cierto arsenal irreverente -y ya canónico- del arte contemporáneo, pero lo hace desde una “filosofía plástica de lo frívolo”, como una galería bautizó su actitud. Él mismo se ocupa de marcar distancias al declarar, con lujo, que a artistas como Jeff Koons les falta “un lado loco, puro, honesto”, y que sospecha de toda obra que responda a las demandas del mercado. (No sorprende que la baraja se repita en las entrevistas del propio Koons)

 

Bentin se ha declarado en contra el orden establecido. Se considera un outsider, y la escena, sin levantar las cejas, lo reconoce como tal. Un ida y vuelta especular que poca tinta ha chorreado desde el frente de la crítica. Contra la historia del arte o el comunismo mundial; contra el gusto burgués o el consumo popular, se trata siempre de conseguir el éxito sin alejarse del placer. Mejor dicho, de conseguirlo a través del placer mismo. Como lo confiesa en su texto curatorial, su versión personal del placer consiste en vandalizar. Al reconstruir detalladamente esas estatuas del pasado, el artista trabaja duro, pero luego lo embarra (casi) todo. A fin de cuentas, algo tiene que dar cuenta de su épico conflicto consigo mismo. La idea es demostrar que solo los que dejen de ver al arte como trabajo alcanzarán la plenitud, la honestidad y el éxito.

 

Pero con ello no quedan agotadas las múltiples facetas de su práctica, y es que sus compromisos ideológicos también dan que hablar. Salieron a flote en un réclame donde el artista, aislado del mundo en su taller y con una billetera que prescinde del cash, sale al encuentro de sus verdaderos camaradas: American Express e Interbank. Una trinidad que da fe del tiempo que comparten, aquel donde el capital declara su triunfo; un momento histórico que, cada uno a su manera, nos enseña a opacar.

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