LA MUTILACIÓN

July 4, 2018

 

 

Entre objetos y ropa de diseño, en una galería llamada Mite las obras de Laura Códega ríen. Unos pedazos de aluminio se burlan del buen gusto y alteran la retina del ojo, tan acostumbrado al estilo quirúrgico y prolijo del arte contemporáneo. Cuerpos ásperos que flotan entre la desgracia y el humor. 

 

Para la exhibición América, negra y bruta Laura Códega se propuso trabajar con la técnica del repujado: con una cuchara fue empujando y construyendo figuras antropomorfas sobre chapas de aluminio, destrezas típicas de los artesanos y las brujas. A sacrificio de sus articulaciones y la autogestión de contracturas creó su propia mitología acerca de los conquistadores y la visión sobre ese otro feo, salvaje y caníbal. Las imágenes encuentran un referente inusual, los grabados de Theodore de Bry, una suerte de pseudohistoriador flamenco nacido en 1528, creador de una sólida iconografía sobre las Américas, a pesar de nunca haber pisado la desconocida tierra. Los grabados son terribles y deliciosos: imágenes del desembarco de Colón, indígenas ordenados en fila devorándose sus propias tripas y la de animales, una detallada jungla que se ve desde lejos, una fogata donde se cocina una pierna humana. En fin, todas las infundadas crueldades con las que fueron expresados esos “salvajes” a lo largo de los siglos. Las obras de Códega pueden leerse como documentos expresionistas que revitalizan una mirada pagana, ese ocultismo que aún persiste en las conspiraciones illuminati y recrean una historia alternativa hecha con sangre, fuego y humo.

 

Más allá de los temas específicos, las obras de Códega son susceptibles al delirio interpretativo, esa cualidad para dispersar el pensamiento en los diferentes continentes de la mente. Con referencias contradictorias y dispares, desde los carnavales vascos hasta el plano secuencia de una fragata perdida en el mar o una pintura del alemán Jörg Immendorff
las obras de Códega son el resultado de un proceso visceral e intuitivo. Se trabaja los materiales con técnicas inventadas de acuerdo a las necesidades del momento. Códega se aleja de los caminos fáciles y se acomoda en lo incómodo. “¿Hay un tipo de obra que no me animo a hacer?” se interroga Claudia del Río en su libro Ikebana Política. Si laura Códega se hiciera la misma pregunta se sospecha una respuesta a modo de mandato: “Una obra que no sea igual a la anterior”. Sin la prolijidad y delicadeza que imponen los métodos, en Códega la vitalidad aparece como un conjuro siniestro, se distribuye por su taller, en su casa, buscando todo lo se encuentre a mano y sirva para liberar una imagen encerrada en su cabeza. Sus obras son frutos de las mutilaciones acumuladas en la materia. Quemar, raspar y perforar son algunos de los ejercicios plásticos con los que se ilumina un procedimiento. Creaciones para nada solemnes y relatadas como una fábula violenta. Una idea carcomida en el basurero mental de la artista, entre pasillos muy angostos donde las inquietudes y los deseos conviven como vecinos molestos. 

 

Si la historia del arte argentino fuera un fantasma, este nos susurraría al oído los nombres de Alberto Heredia, Miguel Harte y Marcelo Pombo. Santa trinidad del objeto carnal, relacionado con aspectos desagradables de la intimidad y los recorridos intestinales de la existencia. El fantasma convocaría a los monstruos de Antonio Berni, construidos entre 1965 y 1971. Criaturas tiernas y feroces hechas con basura de la calle, testimonios de una sociedad de consumo que no dejaba de excretar objetos inútiles. Liliana Maresca sería el último nombre del fantasma, por su mitología hecha con retazos de afectos, la poderosa alquimia con la que fueron forjadas sus obras, entre el combustible y veneno que era su sangre. El fantasma reunirá dicha lista de artistas para acercarlos a las prácticas de Laura Códega y pensar un imaginario colectivo donde la escoria es protagonista y la belleza, en su sentido más silvestre, un extra en el teatro del arte.

 

En un lugar llamado Campana, a 75 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, era verano. En pueblos y pequeñas ciudades el verano ensancha el tiempo, lo vuelve incalculable y lleno de variables. Para un infante las horas de la siesta duran años y el juego es la única escapatoria posible. Con el calor los perros dejan de ladrar, se quedan acostados simulando ser guardianes, las despensas cambian sus horarios y en una casa con luces bajas una nena se perdió en el galpón. Buscó entre las cajas de cartón libros y revistas viejas, pero no encontró nada que le interese. Empapada en sudor y curiosidad, revisó todo. En una esquina apareció la solución al aburrimiento: un plafón de luz cuadrado, percudido y con olor a humedad. Lo agarró con sus manos pálidas y lo cargó como un tesoro hasta la cocina, revisó los cajones hasta encontrar un manojo de llaves viejas. Todas eran doradas, un dorado frío y sin brillo, pero ella era feliz con sus nuevos juguetes. Separó cada una de las llaves y con mucho cuidado las fue pegando al plafón, cada una representaba un rayo. La nena curiosa se armó su propio sol cuadrado, luego lo colgó en la pared de su cuarto a modo de tarea concluida. Una nena llamada Laura Códega había hecho su primera obra de arte.

 

Es un océano peligrosamente abstracto el lugar donde uno busca lo que quiere, la difícil tarea de otorgarle entidad al deseo para convertirlo en un cuerpo jugoso y fértil. Algunos quedan siempre un paso atrás de sus obsesiones y otros se mantienen al margen o acorralados, esperando el momento justo para iniciar el viaje y navegar las tormentosas olas donde, a veces, todo lo que se mueve es penumbra y miedo. Cuestión de suerte o valentía encontrar algo que suponga un refugio. Pareciera que Laura Códega supo anclar donde debía, en el mundo de la búsqueda y la creación rabiosa, en esa zona intangible que el mundo ofrece con violencia, y que pocos se animan a reclamar.

 

 

Sobre América, negra y bruta de Laura Códega en Galería Mite. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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