La noche anterior

March 21, 2019

 

I. 

 

        Cuando volví a casa por octava vez, el sol empezaba a salir. Eran las seis y algo. Ya no quedaban bolsas. Ahora, media hora después, repaso uno a uno mis movimientos. Siempre pagué los taxis en efectivo, nunca tuve conmigo el celular, repartí las salidas entre la escalera de incendios y la puerta principal, me cambié la ropa cada vez, siempre usé gorro, siempre uno distinto. Todos los datos están guardados en algún rincón de mi cerebro, pero puedo asegurar que no pensaba a lo largo de la ejecución de cada uno de ellos.

        No quedan rastros del alcohol que hace algunas horas era todo mi universo sensorial. No queda ya sangre. El cansancio dejó lugar a una lucidez que bordea la epifanía. Ya no tiemblo, hace horas dejé de temblar. Lo pienso un rato y decido tomar quetiapina. En minutos todo dejará de existir.

        Despierto al mediodía y un dedo, la imagen de un dedo, de mi propio dedo, me produce una arcada. La noche anterior vuelve en forma de dedo, de sierra, de golpe seco contra el borde de la cama. Pienso en saltar por la terraza. Doblo la dosis de quetiapina y la bajo con vodka. Hay nieve todavía en el borde de la ventana. Miro la nieve hasta que la nieve, el dedo, la cama, la ventana, todo deja de existir.

          El segundo despertar es a las tres de la mañana. Está nevando de nuevo. Pienso en la nieve cubriendo bolsas en distintas partes de Harlem, del Upper East Side, de Inwood. El pensamiento me relaja, cada copo de nieve bajo la luz de la calle, cayendo en un vaivén lento, me relaja. Abro la computadora y leo las noticias. Una nena está desaparecida en Tucumán desde hace diez días. Mientras leo, me doy cuenta de que mi estómago hace ruidos, los líquidos se acomodan con sonidos similares a los de las tuberías de calefacción. Pero la idea de comer hace retornar las arcadas, las arcadas al techo, a saltar por el techo. Repito la dosis de quetiapina y me doy cuenta de que esto va a seguir por algunos días.

 

 

II.

            El martes no hay manera de lidiar con el hambre. Salgo de la cama y todo el cuerpo me duele, cada músculo está entumecido de un modo particular, especial, celebratorio de su individualidad. Casi gateando, llego a la ducha y abro el agua caliente: siento que mi cuerpo se expande como esas píldoras que se meten en agua y se convierten en dinosaurios. En mitad de la ducha, decido cerrar el desagote de la bañadera y cambiar la ducha por un baño de inmersión. De a poco los músculos dejan de doler. Permanezco cerca de una hora, la inmovilidad sólo interrumpida por los periódicos vaciados parciales de la bañadera y su reemplazo por agua nuevamente a la temperatura adecuada. Noto que algo rojo flota en el agua y salgo de inmediato. 

            Me veo obligado a oler uno a uno los alimentos de la heladera: además de los cinco días en que estuve inconsciente, muchas de las cosas ya llevaban un tiempo ahí adentro. Los huevos están bien y me preparo dos con algo de queso. No siento ya arcadas, pero advierto que el lapso que llevo sin comer de alguna manera cerró los circuitos: tragar me cuesta muchísimo. Prendo la radio. Con sólo medio mes, dicen que éste es el marzo de más nieve en veinticinco años. Todo el resto es Trump. Leo los diarios de Argentina, que se repiten tanto como los de acá.

            El día es soleado y la nieve todavía nueva, así que el afuera es de un blanco que encandila. El cielo está particularmente celeste. Me dejo llevar por la imagen desde mi ventana: el boulevard de la Séptima Avenida con sus árboles pelados goteando la nieve que se va derritiendo de a poco.

 

 

III.

            Abro la puerta del pasillo y me cercioro de que no haya ningún vecino por la escalera. Bajo hasta el primer piso a revisar el correo y, tal como esperaba, el buzón está repleto. Luego de descartar la gran mayoría de publicidades, quedan algunos sobres del seguro médico, el banco y tres invitaciones a galerías. Pienso en que tengo que hablar con mi agente.

            El celular está sin carga, sobre la mesa de luz. Lo enchufo y al prenderlo vibra, una vez tras otra, por algunos minutos. Reviso, antes que nada, el buzón de voz. No estoy seguro de qué me inquieta, pero tengo la vaga sensación de que un mensaje representará un problema. Los escucho todos, una vez más son, en su mayoría, publicidades y me relajo: no existió tal llamada. Debería comunicarme con la agente, pero me doy cuenta de que no estoy como para hablar: desde hace rato que tiemblo.

            Prendo la computadora y el escenario es similar. Incluso habiendo reservado las redes sociales para mi trabajo, tengo más notificaciones de las que recuerde en varios años, desde que las redes se convirtieron en el campo de batalla de dos grupos ─dos grupos cualesquiera─ claramente definidos, que sólo se leen entre sí para afinar sus propios discursos y poco más.

            Busco el yoga-mat y lo despliego en el piso. Comienzo por estirar la espalda, la que más pagó mis cinco días de cama. El ruido de una perforadora en la calle me produce un escalofrío.

 

 

IV.

            El viernes siguiente salgo por primera vez en una semana de mi casa. No quiero cruzarme con la landlady, que vive en el primero, tres pisos abajo del mío. A decir verdad, no quiero cruzarme con ningún vecino, pero en particular con ella. No es que le deba alquiler ni que haya tenido algún problema. Supongo que al ser la propietaria eso le da cierto lugar de autoridad y si hay algo con lo que no puedo lidiar en este momento es con la idea de autoridad.

            Está nublado y frío. Probablemente vuelva a nevar. Las pilas de nieve acumulada en los bordes de las veredas ya están grises. Hay que pisar con precaución, porque ciertos sectores del piso están congelados.

─Hey there, German hatter─me grita un negro y me quedo pensando qué habrá querido decir. Llevo una gorra y, hasta lo que entiendo, no hay nada de alemana en ella.

            Mariel, mi agente, me espera en un café a cuatro cuadras de casa, pero tardo casi veinte minutos en llegar a causa del hielo. Al acercarme a la esquina, veo que una vez más consiguió el lugar de al lado de la ventana. No entiendo cómo hace, pero siempre lo consigue. En cierta forma es lo que me gusta y sirve de ella: suele dar con lo que busca. Es una cualidad deseable para su profesión.

─Hola, desaparecido en acción─me saluda ni bien abro la puerta.

Tardo un rato en responder a causa del shock que me produce el calor en el interior de café. La saludo con un beso y, tras unos minutos de despojarme de capas de ropa, me siento frente a ella.

─Bueno, ¿qué querés?─Mariel es mexicana, pero por algún motivo le encanta hablar conmigo usando acento argentino─¿qué se te ocurrió?

            En lugar de responderle, le hago una seña al mozo, a quien ya conozco aunque ignore su nombre, para que me traiga un café expresso. Asiente con la cabeza.

─Bueno, estuve pensando─le respondo finalmente─. Moscas. Necesito hacerlo con moscas.

            Frunce el ceño. Su mirada inspecciona el lugar y al cabo de unos segundos vuelve a mí.

─Pero las moscas no son eusociales. No es lo mismo. No tienen organización colectiva ni un lugar unificador. ¿Cómo vas a….?

─Carne podrida─la interrumpo─. Ponemos carne podrida y se van a quedar ahí─me mira sin ninguna convicción.

─¿Estás seguro? Esto va a salir otra fortuna, con abejas fue complicadísimo. Además, se pierde completamente todo el recorrido conceptual que vienes haciendo. Y antes que nada tendríamos que hablar con Paul para saber si es posible.

─Posible es, ya lo hicimos con las abejas.

─Sí, pero acuérdate que casi perdemos la galería por ese gasto. Si no lo hubieras podido vender a la locura que lo vendiste, se acababa tu carrera.

─Bueno, ¿y cómo salió lo de las abejas?

─No niego que tuviste razón con eso, pero acá realmente me parece que falta algo. Si venís hablando de las sociedades modernas y el seguimiento que se hace de los sujetos, no entiendo cómo podés relacionar eso con unos insectos asociales─hace una pausa─. ¿O hay moscas eusociales? ¿Y la carne podrida? ¿Qué simbolizaría?

─¡Qué sé yo!─me está empezando a irritar─¡El capitalismo, el consumismo, una sociedad sin orden, cualquier cosa de las que se dicen siempre! De eso se encargan los críticos, no nosotros, Mariel.

─Es mi trabajo darle unidad al tuyo─me mira fijo, seria, como si acabara de decir algo revelador─. Al menos cuéntame de dónde surge esta idea de moscas y carne podrida.

            No respondo. Tengo ganas de fumar un cigarrillo, si bien hace años que dejé. En la calle, dos nenitos corren palomas, que vuelan unos segundos y vuelven a la vereda.

 

 

V.

            Mientras camino hacia casa me pregunto qué hice con su celular. Tengo un recuerdo difuso de que me dijera, en el club, que se había quedado sin batería. En la esquina de la cuadra siguiente, una pelea a los gritos me distrae.

 

VI.
            Empiezo a diseñar los domos donde estarán las moscas. A esta altura de mi carrera, sé que finalmente los haremos. Con la experiencia de haber armado el domo de las abejas, ya gran parte del diseño está resuelto. Sin embargo, creo que los vuelos de las moscas son más bruscos, dado que tienen balancín, y más interesantes de representar en gráficos. Acá no habrá panal ni flores artificiales, es cierto, pero el resto lo pienso bastante parecido. El proceso de tracking de las abejas implicó más códigos QRs que con las hormigas, porque con las hormigas  eran más reducidos los ángulos con los cuales las cámaras debían registrar los movimientos: después de todo, se mueven más lento y con tres ejes perpendiculares se obtiene toda la información necesaria y la que se pierde se puede reponer mediante cálculo. Con las abejas, en cambio, fue necesario multiplicar los ángulos con el código QR de identificación única, porque no había manera de reponer la información faltante. A nivel genético nos habían dicho que era imposible, que de ninguna manera existía tanta precisión en las intervenciones que podían hacerse al código. Sin embargo, a los meses Paul nos dijo que había encontrado la manera ─carísima─ y tuvimos que convencer a la galería. Además de la proteína fosforescente (para poder efectuar el seguimiento ultravioleta) y los dos QR que le habíamos puesto a cada hormiga, hubo que agregar otros dos más en los costados. Encima, la vida promedio de cada abeja con suerte llega al medio año, mientras que las hormigas pueden vivir hasta quince, otra razón por la cual hacerlo con abejas parecía una locura. Pero la muestra fue un éxito y la visita virtual, donde puede reproducirse en 3D el camino de cada abeja individualmente, o toda la colmena en conjunto, junto con las diversas gráficas resultantes del agregado de los movimientos individuales, resultaba mucho más interesante que el de las hormigas. La página de Internet se saturó el día de la inauguración y hubo que escalar el servidor cerca de cien veces lo que se había calculado inicialmente.

 

 

VII.
 

         Esa noche, tomo alprazolam y me acuesto. El barrio está más silencioso que nunca antes. Ni siquiera los radiadores hacen mucho ruido. En este silencio inesperado, de tanto en tanto, escucho sirenas, muy lejanas. No tengo idea de si las estoy imaginando o no.

          Logro dormir a las 5 de la mañana. En el sueño, que surge de inmediato, estoy en una carnicería. Para sorpresa mía y del carnicero, todos los pedazos de carne comienzan a moverse por sí solos y se unen en el centro del piso de damero del local. Muy lentamente, entendemos que la vaca se está formando de nuevo, hasta que, sin cuero, comienza a mugir.
          Despierto de inmediato y pareciera que nunca hubiese dormido. La lucidez es total. No entiendo por qué, pero el sueño no me inquietó en absoluto.
Tomo una quetiapina.

 

 

*Adelanto de la novela La noche anterior. Milton Läufer es Writer in Residence en Massachusetts Institute of Technology (MIT). Publicó LagunasA Noise Such as a Man Might Make: A novel, Counterpath Press, 2018. Su obra digital puede encontrarse en http://www.miltonlaufer.com.ar 

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