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  • Helena Pérez Bellas

Alineación y balanceo




El lunes electoral el sol se escondió para algunos y recrudeció en el corazón de otros, Argentina está en un partido a todo o nada en donde la mayoría se va a levantar sin nada pero la gente necesita soñar. Volví a mi casa cerca de las ocho de la mañana luego de pasar una noche con Francisco, pero no vayan a pensar mal, nada de sexualidad desenvuelta, como dice Esteban Schmidt en su substack, ni recomposición salarial o de pareja. Amistad con larga escucha, tráfico de información, eventual regalo de drogas totalmente legales y sucesivas tazas de café sobre Libertador en el barrio de Núñez, barrio para nada alterado por la locura del abastecimiento. Gonzalo me preguntó, ya reventaste la tarjeta y yo le dije la cruel verdad: no tengo tarjeta. Luego el silencio donde el otro no se ve identificado y piensa ¿pero esta persona no es de clase media? ¿la clase media no tiene tarjeta? Y yo, en mi sabiduría sin rentabilidad, no hago sentir mal a nadie mientras pienso en las líneas de crédito eternas del país al cual todos miran aunque su retórica política obligue a algunos a negarlo. Así es, Estados Unidos hoy configurado por los cerebros de X como Disparos Unidos, como si acá nadie te pusiera un tiro por un celular de gama media que ni un indigente tiene en las calles de Portland, mientras el fenta lo consume y mi imaginación vuela. Hace unas semanas cuando le llevé un libro a Leo Perrota, le dije con un poco de vergüenza soy la única persona viva sin tarjeta de crédito. Pero está muy bien eso, me dijo, es lo mejor. Un edificio de Clorindo Testa vigila mis palabras, charlamos de política, de las elecciones, el ballotage aún no había sucedido y era otro país, en ese país yo pagaba el gas 4mil y en este nuevo país pago el gas 7mil, en el otro país voté y en este espero ni estar en Capital o evadirme en un sueño profundo donde todo se hace más fácil y la literatura es literatura y la vida es la vida.


Hace un año me escribe un sujeto contestándome cada falopa política subida por mi a Instagram. Supongo Instagram no es el lugar para revolear sillazos, pero escribir se me hace cada vez más tedioso y no escribir se me hace muy pesado por la cantidad de gigas acumulados en donde todo convive: tristeza, alegría, personas, voces, comentarios, libros, angustia, sordidez, autoboicot, delirios de grandeza, raptos poéticos y farándula en general. Como el sujeto escribe mucho y leer también se me hace titánico, leo cruzado como cuando llegan esos manuscritos a los cuales debo ponerle un puntaje y valor agregado. Lo hice una o dos veces y siempre pensé, qué difícil es escribir bien. Y seguí con mi vida. Pero en un momento el cerebro me hizo click y pensé no es una cuestión engendrada en la política o mal cocinada en la estética la molestia frente a una persona de ¿la cultura? no votante del kirchnerismo o de la izquierda a lo rusa Bregman, ese tono trosko en donde las chicas de repente juegan a ser lesbianas, de palabra ojo, jurando amarla y los hombres mienten respetan a una mujer. Lo que molesta es nada más la enunciación decirlo, decir mira si, yo vote a Macri, a Larreta, y ahora vote a Schiaretti y ahora no voy a votar a nadie porque Santoro me la hizo fácil y entregó la cola del toro y los abandonó a sufrir el avance de la derecha refugiados en el centro cultural recoleta, leyendo poemas, haciendo performances, pensando incluso, tirando ideas, zzz. No joden los actos en sí, jode no tener miedo o tener otros miedos, más primarios, ocultos, secretos, metidos en el fondo del cerebro, esa parte donde los analistas no se animan a entrar porque son vivos, no abren puertas que no pueden cerrar. Jode bajarle el precio a la política o a los actos políticos de uno, asumiendo cada tanto voy y voto, mientras el desfile de gente posando con la boleta se abraza con el retro recuerdo de los orgullosos de posar con un carnet de vacunación con el cadáver de una mujer en una comisaría de fondo, que se balancea ahorcado en la música ensordecedora del clima de época. En la cultura jode no sentirse importante, no niego mi ego desde ya tampoco la pavada, como marca de clase frente al delirio de sentirse definitivo en un mar de adultos. Un satori modesto, de vez en cuando me ilumino. Pero ya me apague.


Cada tanto me preguntan porque no sumerjo mi nombre en el mar de nombres de las solicitadas, en ese espacio donde ni apareces y nadie llega a leer pero la gente se ceba y cuenta en X, ya firmé gente, a ponerse las pilas, no es joda lo que está pasando. Mi respuesta siempre es la misma, cualquiera hace, firma y pavonea una solicitada en democracia, pero las únicas que valen la pena son las hechas en dictadura. De los dos lados de la insoportable, inviable, infumable grieta, dicen vamos para ahí. No dejan los pendeviejos de pocas luces de aparecer con Macri basura vos sos la dictadura y los delirantes con tiempo libre con Massa basura vos sos la dictadura. La democracia es generosa, permite a los estúpidos ser, a mi señalarlos con total impunidad y a la gente comentar por mensaje privado o sin arroba, que dice esta pelotuda ahora. Ah la libertad, los cuarenta años de democracia, cómo disfrutaría de todo esto si llegara a fin de mes.


El viernes salí con Guillermo, ¡cómo me divertí! El otro día me puse a pensar y ya van cinco años de amistad, podes creer. Fuimos al cine, la pasamos bárbaro, la noche estaba divina, caminamos por Alcorta, Libertador y compramos una promo de dos panchos y una coca por 1500 pesos, nada. Sentí en un momento, un rasgo de mi vida pasada, de hace diez, veinte años, de las veces yendo al cine y viajando horas hacia el oeste de la capital o la felicidad de haberme mudado y tener el 128 a mano. Me sentí en definitiva viva, grande, adulta sin serlo o con grandes problemas para la práctica, pero viva y después eso se me va, en la rosca mental en donde el blablabla político no entra, eso es nada más el gel de lubricación para que todo lo demás resbale en la fragilidad de mi vida. Extraño a mi vieja, le escribí a alguien. Y no dije nada más.


Dormí, luego desperté, fui a nadar, no había casi nadie, el club se cae a pedazos, no hay ascensor y ahora no hay agua caliente, la gente se va por no poder subir o por el frío. Yo tolero todo, voy, vengo, hago una rutina estable, pienso que tengo que nadar más, solo nadar. En el silencio del vestuario la parrilla de luces se apaga, me doy cuenta que ya no hay nadie y me dejaron encerrada en más de 200 metros cuadrados en un séptimo piso, donde hay gente recién en el tercero. Hasta el lunes nadie vendrá y yo tendré dos libros, unos frutos secos y un bidón de agua. Se me dispara la adrenalina y la cortisona, la combinación te hace sentir joven porque se tensan los músculos y la vida acelera, el cerebro recablea y la fuerza aparece. Golpeo hasta ser escuchada, una linterna aparece al fondo y yo pienso, no era para tanto. Me pega el bajón pero lo disimulo, camino por Corrientes, Buenos Aires está húmeda, viene el calor. El cerebro me tira data, acá en el 2001 filmamos la película de nuestras vidas. Siempre pensé, si alguien quisiera hacer una película sobre el 19 y el 20, pero una película en serio, como barre el metrobús, como arregla Corrientes. Pero nadie hará jamás eso. Me siento en un bar, me tratan bien, tomo café, leo sin concentración, Cerrito incluso es un hervidero de gente. Todo está mezclado. Un amigo me comenta, estoy cansado de estos politólogos nacidos para darle una pátina de progresismo al peronismo. Pienso en ir al cine pero mejor cuidar la guita. No me banco a nadie, pero no es personal. Me gustaría alguna vez pegarle al tono de la literatura como algo íntimo pero no autobiográfico. Respeto a poca gente, manejo los enojos con silencios y eso para mi es muy nuevo, me cansé de algunas cosas pero mejor no decirlas. Se murió mi perra también, mi compañera de vida, mi amiga, la tutora silenciosa de mi verdadero Yo, con oscuridades densas donde solo un animal se anima a entrar y trabar el hocico en un mar de lágrimas pesadas, que te revientan las córneas. Pero de eso voy a escribir más adelante, seguramente cuando todo en política esté definido, sea tiempo de aceptaciones y si se te va la vida en eso, formaliza y tirate de un piso veinte. Yo tengo que escribir, a mi pesar, algunas cosas todavía, poner en su lugar dos o tres eventos, formalizar una catástrofe y usar la literatura para su real yo: un ajuste de cuentas.




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