• Luisina Gentile

¿Envidioso, yo?


Sobre Hueco de Martín Farnholc Halley en Constitución La cristalización del orden arbitrario de las cosas es algo que parece molestarle a las obras que componen Hueco, de Martín Farnholc Halley en Constitución. Entre un surrealismo lúgubre y la abstracción minimalista, el artista propone una contra-hegemonía del detalle lúcida y ridícula que incomoda a cualquier imaginario establecido. El martillo y la hoz del partido comunista, el fusil y la tacuara de Montoneros, las iniciales de la Juventud Peronista entre otros símbolos asociados a partidos de izquierda y a sectores populares se convierten en joyas que protagonizan las pinturas que inauguran la muestra, exhibidas en peinados y cuellos sin rostros como en un catálogo de foto-productos. Con sus aros, collares y hebillas para una izquierda montada, Farnholc Halley es provocativo tanto para los idearios tradicionales de la izquierda como para aquellos que desatan su odio al verse desplazados en su exclusividad para el lujo y la ostentación debido a procesos de reconfiguración social, tal como sucedía con las joyas de Evita, una clara referencia de la serie.

Las pinturas hablan sobre un espíritu de época donde el arte político puede realizar una exploración desfachatada de sus propios ideales sin convertirse en burla, ironía o parodia sino como una forma de reforzar y ampliar sus formas de compromiso. Las joyas son la antesala a la parte abstracta de Hueco. Como Agnes Martin, quien intentaba capturar nobles o confesables sentimientos sobre el papel, como el amor o la amistad, Farnholc Halley realiza una serie inspirada ahora en uno de los sentimientos más humanos de peor renombre: la envidia. El resultado es una exploración formal madura donde prevalece la abstracción minimalista, mezclada con un proto-suprematismo y pinturas que evocan recortes de foto-montajes surrealistas en blanco y negro. Las obras, que comparten un espíritu de ilusiones falsas pero que son dispares entre sí, parecen hablar de las diferentes formas que toma un sentimiento que construye realidades más de lo que las refleja. Una de las obras contiene una cajita con referencias al mundo del arte. Más allá de su dimensión humana, desde un análisis estructural y socio-histórico, la envidia solo puede manifestarse cuando consideramos el orden de las cosas como algo artificial, azaroso y sin sentido más que como un ordenamiento justo o divino que otorga según necesidad o mérito propio. En la cajita Martin parece recordarnos esta dimensión estructuralista en la que el envidioso puede ser también sobre todo un disconforme.

La ilusión también es un componente central en las vídeo instalaciones que completan la muestra. En ellas Farnholc Halley presenta un cuerpo cargado de erotismo cuyas partes no son lo que aparentan ser en base a maquillaje e ilusiones ópticas: abdominales que son una espalda, un brazo es un pene y unas rodillas son un par de tetas. El interés aquí se desplaza a partes del cuerpo menores e intrascendentes que pasan a cubrir el rol de otras, imaginando especie de una contra-hegemonía del cuerpo en batalla consigo mismo. El resultado es una muestra donde nada es lo que parece pero donde las cosas se muestran como son: huecos en un orden fugaz y descartable.


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