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  • Georgina Gluzman

Positividad tóxica en el mundo del arte




En medio de la alarmante situación (social, política y económica) en la que estamos ingresando a velocidades inesperadas, ha surgido una catarata de reacciones no racionales y escapistas entre nosotros. También las encuentro mezquinas.


No pretendo analizarlas aquí a todas ellas, puesto que sería imposible, además de que carezco de los medios para hacerlo. Pero, desde el lugar que ocupo como historiadora del arte y miembra mínima del campo cultural, he estado viendo el surgimiento y la progresiva toma de fuerza de un discurso de positividad tóxica, específicamente en el mundo del arte.


Un discurso despolitizado, vaciado de cualquier reflexión seria, que postula el arte como refugio de lo que sucede y sucederá, pensando que efectivamente puede existir un campo posible y con autonomía en el terreno minado en el que nos movemos.


La positividad tóxica me ha llegado en forma de mensajes inspiradores (“encontremos refugio en la belleza”), de aberraciones económicas (“con lo inteligentes que somos no nos faltará trabajo”) y de autocuidado senil (“tenés que protegerte de lo que se viene o te vas a enfermar”).


Aunque dudo que estas tres actitudes sean exclusivas del medio en que me muevo, sí revelan algo estructural: el mundo del arte se sigue viendo como una torre de marfil (o castillo de cristal, como me sugirió una colega ayer). Y la promesa de la belleza sigue intacta.


Me interesa destacar algo que no pierde validez aunque lo sepamos de sobra algunos agentes (los que somos de clase trabajadora). El mundo del arte está desclasado. O mejor dicho, el mundo del arte se percibe como desclasado, como si existiera por fuera de las jerarquías de clase. Y aunque este punto está siempre latente y pone en una posición sumamente vulnerable a quienes necesitamos trabajar para vivir, en momentos de crisis económica se hace más pesado. Tal vez por eso las aberraciones económicas hacen su aparición estelar, postulando que estará todo bien porque “yo soy inteligente”. Como si ser inteligente (y no tener contactos o más vagamente capital simbólico) garantizara algo.


En realidad, quieren decir porque mamá y papá pagan. Casita propia, autito, cuotas varias. El mundo del arte sigue siendo el mundo de los privilegios heredados, a pesar de las políticas radicales de inclusión en ámbitos de gestión, producción e investigación a las que asistimos en las últimas décadas.


Miserables.


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