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  • Ana Sejmet

Sobre el concurso del Museo Nacional de Bellas Artes


El concurso del Museo Nacional de Bellas Artes parece ser el nuevo tema de debate en nuestro querido mundo del arte. Conocidas las finalistas empieza a correr el veneno infectando las redes. Por una oreja se escuchan los gritos de indignación y machismo ¡está todo arreglado! ¡son unas chantas! ¡que oportunistas! ¡suelten la teta del estado! Por la otra un fervoroso entusiasmo con ganas de subirse al carro y empujar para ir más lejos con los actos administrativos del estado ¡que estupenda decisión política! ¡Qué gran gestión! ¡Viva la transparencia de los actos administrativos! ¡Ahora queremos la apertura de los concursos en la ciudad!¿?


Pero… un momento, realmente eso es lo que queremos, deberíamos tener cuidado con lo que deseamos. Hasta hace un par de meses de lo único que nos quejábamos era de los concursos en el arte y ahora parece que la solución es más concursos ¿más concursos? ¿en serio?  Quizás deberíamos estudiar el caso de Rosario, ahí parece que nos fue más o menos como el ojete, miremos el MACRO.


Sobre las primeras críticas, que quizás tengan algo de razón, la verdad es que no importan en absoluto. Son irrelevantes en tanto constituyen una muestra de su total falta de autoridad y determinación para cambiar las cosas. En cuanto a las celebraciones, quizás merezcan algunas palabras, detrás de esas formas estructuradas aparentemente felices tiene lugar una significación con consecuencias incluso más tristes que las primeras. 


Hay que tener una visión bastante pobre de la democracia y una confianza infinitamente ingenua en las instituciones para creer que la escolarización burocrática de la cultura es un signo positivo para el desarrollo de las ciudades. Si las cosas fueran así, militar la pena de muerte no sería algo tan problemático. 


Hay una cosa importante en todo esto más allá del chusmerío: la poca representación que tienen las artistas en estas decisiones.


Además de las desorientadas opiniones periodísticas, las únicas voces que se replican por las redes son  -en el mejor de los casos- de algún “académicx”, categoría absolutamente absurda a la hora de utilizarse como símbolo de estatus en una sociedad cuyo sistema educativo universitario incluye a toda la ciudadanía y que se destaca por tener un nivel de exigencia generosamente laxo. Que no se me malinterprete, la universidad está lejos de ser algo malo, todo lo contrario, lo que quiero decir es que quizás lo mejor que tiene es ese carácter inclusivo.


Las otras voces tristes son las de novatxs agentes derivados del arte con dudosas prácticas inmateriales que reconocemos como curadorxs en tanto que participan incomprobablemente y de manera desconocida en la producción de las artistas. No me refiero a artistas curadores, ni a críticxs curadores, ni a curadores queer, me refiero exclusivamente a los curadores a secas, que no suelen recurrir a otros modificadores para acompañar esa palabra. 


No quiero decir que su trabajo sea absolutamente irrelevante, lo que me pregunto es cómo llegamos a creer que lxs “académicxs” (que increíblemente utilizan esa categoría como símbolo de estatus) y lxs “curadores” (a secas) eran lxs encargadxs de guiar a lxs artistas e incluso lxs designadxs para dirigir sus instituciones como si nos encontráramos en la Edad Media y estas fueran algo así como menores de edad, locas o mujeres.


Algunas conclusiones derivadas podríamos extrer de estos resultados, por ejemplo, la transformación de la formación artística en artes, que parece haber volcado la balanza a favor de las instituciones públicas reafirmando el lugar central que ocupa la UBA y poniendo en escena a la UNA gracias al trabajo realizado por las seleccionadas. Por otra parte, es llamativo (o no tanto) que no haya nadie en el concurso identificado con el sector privado. 

 

Un dato interesante que no podemos desatender es que todas las finalistas son mujeres, esto no solo constituye un motivo para celebrar las conquistas de nuestro tiempo, sino la oportunidad de afrontar un nuevo compromiso para lograr construir un mundo que no replique el mismo sistema de jerarquías que cuestionamos. Pero, hablar sobre cualquier otra cosa que no sea la falta de representación de las artistas parece irrelevante. 


En este punto, frente a un horizonte que puede parecer al menos un poco tenebroso para las artistas, la figura de Feda Baeza brilla con una luz propia. Si ella es algo así como una estrella, no lo es tanto por la circulación de su imagen en las redes, sino porque se atrevió a salir de la oscuridad del claustro docente para aproximarse a su objeto de estudio hasta el punto de volverse indistinguible.


No sabemos que nos depara el futuro, pero de una cosa podemos estar seguras: los concursos no dan legitimidad, quizás el trabajo tampoco, la legitimidad la da la empatía y para una artista es más importante tener una buena vecina que un millón de burócratas. 


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