• María Laura Rosa

Zumban las moscas sobre la fiesta menemista



Los años 90 son testigos de varias situaciones que parecen recordar nuestra Argentina actual. ¿O será que nos adelantamos una década y es entonces cuando comenzamos a vivir el siglo XXI? Con el absurdo en nuestro ADN nacional, es posible que nos rebeláramos al orden temporal. Entre 1992 y 1993 el Plan Económico de Convertibilidad exhibe sus primeros resultados en términos de estabilización y crecimiento: control de la tasa de inflación, aumento del producto bruto interno, llegada de capitales de inversión, superávit en la balanza de pagos, bajas tasas de interés, paridad del peso argentino con el dólar, reactivación del consumo y privatización de las empresas públicas. Todo ello construye el camino hacia las crisis crónicas y los amargos costos sociales. El 18 de julio de 1994, con la voladura del edificio de la AMIA que deja ochenta y seis muertos, asistimos a las connivencias entre poder político y judicial así como a las deficiencias en varios órdenes.


Presenciamos la desocupación y exclusión –dos palabras que cada vez aparecen con más fuerza a medida que avanzan los 90– de amplios sectores de la población y el repliegue del estado en relación con la salud pública. Los números del VIHSida se incrementan al igual que su demonización. La falta de educación sexual y la ausencia de políticas de distribución gratuita de los medicamentos incrementan dramáticamente el número de enfermos: sin prevención no hay salud. Al inicio de la década, son varias las artistas que hablan de la enfermedad como símbolo de los males que sufre el país, azotado por las consecuencias de las políticas neoliberales. No debemos esperar a 1996, momento en que la desocupación es indisimulable y los cortes de rutas por las protestas piqueteras estallan en nuestras vidas, para ver estas problemáticas reflejadas en el campo artístico. Nora Aslan, Claudia Contreras, Ana Gallardo, Silvia Gai, Teresa Volco, Silvia Young –entre otras–, tempranamente advierten del sufrimiento y las enfermedades que nos aquejan como sociedad.


Durante los 90, Silvia Gai transita por algunos espacios que el campo institucional comienza a brindar: la Fundación Banco Patricios, el Casal de Cataluña, el Centro Cultural Recoleta (CCR), el premio Braque o la beca Kuitca. Y lo hace empleando al arte textil para hablar de aquello que incomoda pero que está ahí, al lado nuestro. A través del tejido y sus metáforas, sus puntos corridos, sus tramas anudadas como nódulos, sus ‘errores’ de puntadas nos habla, más que de las dolencias en el ámbito doméstico, del ocultamiento o encubrimiento de lo enfermo. En una sociedad que interpreta lo patógeno con la debilidad, con aquello que no puede sobreponerse a las exigencias sociales, o con lo que se fuga de la norma –heteropatriarcal, familiar, estatal–, y en donde envejecer y morir están mal vistos, sus trabajos resultan de una gran incomodidad. Las artes de la aguja subvierten su ninguneo histórico, su presencia orillada, para mostrar problemáticas contemporáneas, y poner el dedo en la llaga de quienes quieran ver.

Mientras la fiesta menemista avanza y la frase pizza y champan comienza a extenderse, también lo hacen las políticas irresponsables ante el SIDA. El estado se ausenta a la hora de controlar la adulteración de medicamentos y el desabastecimiento de insumos hospitalarios, imposibilitando hacer frente a los cuidados básicos. Mientras las crisis del sistema de salud estatal hace el campo orégano a las prepagas, Silvia Gai trabaja en un hospital, a la vez que cursa la carrera de Biología en la UBA y profundiza sus estudios de anatomía patológica. Iniciados los años 90, ingresa al taller de Juan Doffo en donde toma contacto con diferentes materiales y objetos. “El crochet apareció un día al abrir unos placares míos y encontrar cosas que yo había tejido a los doce años. Ahí supe que había encontrado mi material. Entonces tiré los pinceles y me dediqué a las agujas. Primero bordé, luego comencé a tejer…”, cuenta la artista.


En el premio Braque de 1995 dedicado al objeto, que se lleva a cabo en la Fundación Banco Patricios, presenta Almohadón, un objeto blanco, pulcro, primoroso, en el que borda las siglas VIH. El candor de su presencia sobre el pedestal y el bordado en hilos blancos sobre fondo blanco no dan indicios a primera vista de lo que se está hablando. Una mirada más profunda advierte las siglas y dispara los contrastes entre esa presencia cromática simulada y la peste marcada por el color rosa; entre el blanco asociado con la virginidad y el rosa promiscuo de los portadores de VIH. Los estereotipos aparecen uno a uno frente a ese inocente almohadón.


Ese mismo año, Gai presenta en la exposición A: E, I u O que se realiza en el CCR Peligrosos gorriones, una instalación que consiste en tres almohadones, cada uno sobre pedestal, un objeto en forma de insecto ubicado sobre la pared y las estrofas de la canción Catarata de amor del grupo Los Visitantes, aunque las autoridades del CCR deciden quitarlas sin dar explicaciones. Las letras de Palo Pandolfo, líder del grupo, resuenan en su ausencia:


Sobre tu espina dorsal

zumban las moscas

el cambio fue el nacimiento

golpea el paso animal

el ritmo llama a los muertos

zumban las moscas

rápido y especial.

Agua y luz al desierto.


El primer cojín, con forma de corazón, lleva impresa la solicitud del análisis del VIH sobre su funda. En aquel momento sólo se realizan las pruebas en el hospital Fernández. Una amiga de Gai consigue este documento a través de su pareja que es médico. El clima de vergüenza y tabú rodea a la sola sospecha de interés en los análisis de este tipo. Otra almohada tiene impresa un preservativo y la restante lleva bordada moscas negras en cada uno de sus ángulos. Los insectos aluden a la carne podrida, a lo perecedero que ronda la escena en apariencia impecable. Un insecto gigante con un traje tejido se desplaza amenazante por la pared buscando acercarse a los cojines.



Por aquellos años se lleva la muerte cerquita, casi sobre las espaldas. Un técnico hemoterapeuta, que trabaja en el mismo hospital que la artista, fallece repentinamente. Nadie quiere decir los motivos, hablan de hepatitis mal curada, de cualquier cosa que no lleve a pronunciar las siglas VIH. La culpa sobrevuela a la enfermedad. Todo el tiempo se habla de los excesos. ¿Por qué? ¿Refieren a las libertades? ¿A los deseos y disfrutes de los cuerpos después de la represión y de la tortura de la dictadura? La peste rosa se vive como castigo divino, aquello que viene a mostrar lo que cae sobre quienes se desvían de la norma heterosexual, quienes son promiscuos o llevan a cabo sus fantasías sexuales, experimentan con las drogas, viven la noche del underground y del Rock’n Roll… a todxs ellxs les sobrevuelan Peligrosos Gorriones, nombre que toma la artista del grupo de rock de La Plata. Ante la muerte de aquel compañero de trabajo, lxs trabajadores del hospital deben realizarse una serie de análisis, allí Gai descubre que padece un tipo de hepatitis que no se manifiesta. La frontera entre lo enfermo y lo sano es frágil, los fantasmas acompañan a toda una generación.

El VIH exhibe los prejuicios de una sociedad que se cree abierta y tolerante. El Sida saca al enemigo oculto para señalar lo que debe ser extirpado y eliminado. Se cambian hábitos. El otrx se vive como peligro. Se ama en peligro. Se desea en peligro. Se vive con culpa. Mientras algunxs miran para otro lado, otrxs experimentan en carne propia las estrofas de Palo Pandolfo que hoy nos resuenan más que nunca.


Entonces las palabras

santa o malditas

la estaca golpea

la espina fundida en

catarata de amor.

La espuma va dulcemente

zumban las moscas

en el río de asfalto

muere la gente

la caverna en tu pecho donde

zumban las moscas

guarda el dolor

y al espía en acecho.

Entonces las palabras

santas o malditas

la estaca golpea

la espina maldita en

catarata de amor.

Catarata de amor,

catarata, catarata.




#EspiralAños90 edición especial de textos críticos sobre los años 90s editado por Francisco Lemus y Mario Scorzelli

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