• Bob Lagomarsino

Curando el futuro progresista



Rosa es una rosa es una rosa es una rosa

Gertrude Stein


Estoy harto de la facilidad en el arte, estoy harto de lo liviano, de lo light.

Pablo Suárez


gustarle al progresismo y que al mismo tiempo te banque la heredera de los Fortabat es el horizonte de expectativas definitivo para lxs artistas argentinxs contemporánexs

Alejo Ponce de León



Termina el año y nos encuentra, otra vez, discutiendo sobre problemas de los años 90s, como si se negaran a desaparecer. El arte rosa light, el Rojas y Gumier Maier tienen esa cualidad enigmática de poder aparecer de la nada y desatar un infierno de emociones.


Hoy, las venas que se enredan con amor y con odio son las que rodean las tripas de Marcia Schvartz, las que bombean sangre en el corazón sensible de Francisco Lemus, las que conectan el cerebro acelerado de Mariana Cerviño y las que disparan los dedos rápidos de Alejo Ponce de León. Sus palabras son maravillosas, pero generan dudas sobre nuestras habilidades para prevenir los infartos.


Hay algo hermoso en todo esto. Las discusiones sobre el arte hacen que el perfume de la anomia, característico del mes de diciembre, se desvanezca en el aire para dar lugar a algunos pensamientos y emociones que, tal vez, nos ayuden a lidiar con nuestros problemas actuales. Una pregunta queda suspendida en el ambiente luego de la lectura de los textos de Lemus, Cerviño y Ponce de León ¿Realmente es comparable el odio de Marcia hacia las mostacillas con el racismo expresado por un pilar de los pumas o por un funcionario fascista?


Supongamos que las mostacillas sean cosas tan dignas de nuestro respeto como cualquier persona personalmente no tengo muchas objeciones para aceptar ese argumento, tampoco creo que las mostacillas tengan ningún problema y, en consecuencia, la posición de Marcia Schvartz sea abiertamente racista. Entonces ¿qué deberíamos hacer? Esto supone un desafío muy complejo… sobre todo si uno quiere encontrar una solución progresista. Claro que excluirla o segregarla sería una solución práctica para el tipo de conflicto que nos presenta. Pero, lamentablemente, no parece ser una política muy progresista.

¿Tenemos alternativas? Hay dos reglas básicas que deberíamos respetar: ser inclusivos y aceptar la diversidad. Por supuesto que encontrar una solución a esos contradictorios axiomas no es una tarea sencilla. Desgraciadamente, los textos no ofrecen ninguna solución al problema. Sus posturas, con las mejores intenciones, parecen replicar la lógica binaria de la grieta. Es decir: no entender que a otrx quizás no le gusten tanto como a mi las mostacillas.


Al no brindar una resolución práctica para este dilema, la discusión se queda en un terreno teorético; esbozando discursos edificantes o estableciendo hipótesis incomprobables para tratar de encontrar el origen de un pensamiento que quizás haya venido de un lugar al que la ciencia no puede llegar. Todo esto no es necesariamente malo, pero la teoría solo es un camino hacia un lugar más importante. Ya pasaron 30 años y las posiciones siguen estando divididas, quizás debamos empezar a aceptar que no somos capaces de reconciliarlas.


Marcia, con esos ojitos virulentos, con sus rulos rebeldes y su mano repleta de gracia es una personalidad absolutamente Maradoniana. Abyecta, quilombera, corajuda, cabrona, brillante, maldita, divina. Cuando escuchamos las anécdotas de aquella charla del Rojas uno no puede evitar compararla con la maravillosa conferencia de prensa en la que el Diego se cruzó con Toti Pasman, pero no nos metamos en eso.


Volviendo a los textos críticos, ellxs la acusan de decir cosas horribles, de tergiversar la historia, de pensar diferente y sobre todo de tener una sensibilidad diferente. Claro que dicen la verdad, pero parecen obviar un detalle interesante: quizás Marcia también diga la verdad. Alejo insinúa algo de esto cuando nos dice que “marcia, igualmente, es mala pero es buena”.



Entonces, pensando en una salida, se me ocurre que podríamos aprender otra lección de Gumier Maier. Imaginemos que podemos retirarnos a un lugar cualquiera y crear un mundo maravilloso, donde se cumplen las reglas de la forma que a nosotros nos gusta. Imaginemos que existe algo así como un mundo rosa light, que queda a la orilla del río y el único defecto que tiene quizás sean los mosquitos. Claro que en este mundo Marcia no sería muy bienvenida, pero tampoco sería un gran problema porque a quién le gusta estar en un lugar donde no lo quieren!


Obviamente, para que la solución al problema sea aceptable, Marcia también debería tener su lugar para compartir las cosas de la forma que le gusta. Quizás, su mundo rosa perfecto sea Vasari y nosotros deberíamos dejar de ir si no nos gusta ¿Quién sabe? Tal vez, podríamos subirnos a una lancha para ir a visitar a Gumier al Tigre y quedarnos a vivir con él para siempre en ese mundo maravilloso del rosa light. O, mejor aún, crear el mundo rosa que más nos guste.


Deberíamos ser capaces de crear cientos de mundos rosas, con todas las variantes que alguien se pueda imaginar. Se me ocurre un mundo rosa pantera en el que están las personas que les gusta practicar BDSM o un mundo rosa bebé, en el que están los artistas millennials. Argentina es un país inmenso y cada rosa debería tener derecho a hacer lo que quiera en su metro cuadrado.


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