• Mara Pedrazzoli

Yo quiero a mi bandera


Sobre la exhibición Chistes Patrios, de Laura Códega, en la galería Mite


Estoy leyendo un libro, me atormenta pero aún así extraigo algunas oraciones. Dicen “la fuente del totalitarismo es un vínculo dogmático con la palabra oficial; un compromiso excesivo con el Bien que puede en sí convertirse en un Mal mayor, en un fanatismo dogmático (…) una forma de odio destructor por todo aquello que no logra corresponder a nuestra idea del Bien”. Sobre esa palabra oficial o sobre un Bien obsesivamente defendido creo que vino a hablarnos la muestra Chistes Patrios de Laura Códega, que transitó por la galería Mite; ese lugarcito que todavía persiste en un pulmón de manzana comercialmente explotado del Barrio Norte de la ciudad porteña.


Chistes Patrios, como su nombre da cuenta, bromea en torno a esa palabra oficial con sarcasmo y tejiendo un relato que en sí ya forma parte también de una versión ilustrada de nuestras creencias. Es que esa idea de una obsesión por el Bien que se convierte en un Mal (por ejemplo, la Historia predominante como sinónimo de Verdad que desarrollan la artista y el crítico Juan Laxagueborde en esta conversación encubre otra experiencia a mi entender mucho más inquietante, que es cómo ese vínculo (aunque obsesivo y fanático) engendra una posición ética, es decir, una posición que no está guiada por nuestros intereses egoístas. La historia es una representación de los acontecimientos valiosa para tomar consciencia, sobre todo de su ambigüedad.


La ironía es una posición bastante difundida en los tiempos que corren, procede de un distanciamiento que deja al sujeto en un lugar de señalamiento bastante intrincado. Lo vemos a diario en Twitter, personas que se dedican a contrastar las frases solemnes de los políticos con la trivialidad cotidiana y a poner de manifiesto sus intereses ególatras o pretensiones de poder desde un lugar de falsa consciencia ilustrada que pretende alcanzar ese mismo estatus de verdad que critica. Laura se refiere a ésta como “una forma de purgar el aluvión de simbología con el que te aplasta la pertenencia a un país”. Pero aquí encontramos una contradicción –algo que es siempre hermoso– porque en otro pasaje de la entrevista dice “los símbolos nacionales, y no solo en Argentina, son un lastre de algo que está rancio y tiene tufillo a encierro”. Yo creo que con estas últimas y dolidas palabras podemos llegar a un lugar más certero.


Por último, recorramos un poco las obras. Hay virtuosismo, sin dudas. Y cubismo: un movimiento que supo como pocos representar la perturbación que a la psique redunda vivir en una cultura de masas, en una sociedad. La argentinidad, en tanto, aparece ceñida a unas pocas figuras: el discurso de los medios de comunicación (con ese personaje llamado El Noticiero que aparece rodeado de caras con narices rojas y alargadas porque mienten); los señores burgueses que se enriquecen haciendo dinero y usan trajes con corbatas; las influencias españolas (de antaño) y una patota ¿que probablemente vaya a los actos políticos o tenga un sindicato? Curiosamente no aparece “el pueblo” o algo su cultura (como el asado, el futbol, el vino, Maradona o quizás Eva y Perón) representado en las obras. Las contadoras sexis se van de vacaciones es la pintura más sugerente a mi entender, son figuras humanas menos estereotipadas, pintadas en blanco y negro y con un celular en la mano: cubismo y celular juntos generan un efecto simpático.


Ahora volvamos a la cuestión del peso de los signos y la ideología dominante que estructura nuestra realidad operando en el plano de la fantasía. Quizás en las antípodas de Códega se encuentre el involucramiento y compromiso al respecto que propone Damián Selci en su último libro La organización permanente; a causa del cual leí una entrevista online. Selci plantea la necesidad para el campo popular de formular un programa que exprese hacia dónde queremos ir, una voluntad y una estrategia. Un horizonte práctico, porque “como vemos, no tenemos tantos problemas en hacernos del poder pero después hay mucho miedo de cómo usarlo”. Selci identifica discursos que son más superficiales, que apenas hablan de “políticas de cuidado”, y llama a pasar a la ofensiva para lo cual es primordial rearmar nuestro marco teórico, pensar nuevamente en grande. Esboza, de esta manera, una figura romántica que apela a redactar un gran relato ausente. En ese sentido, puede decirse que la experimentación de Códega da lugar a muchas más posibilidades.


No obstante, el reclamo de Selci sigue captando mi atención. Leo los diarios y advierto que, aunque quizás le falte un poquito de texto, el Presupuesto 2021 es actualmente lo más parecido al programa que demanda Damián: las tarifas deben subir acorde a los índices allí expresados, el relapso de los acuerdos de precios y salarios deben preferiblemente acatar el 29% de inflación proyectado, las emisiones de deuda y los gastos corrientes seguir los montos presupuestados, etc. En el capitalismo la propia lengua funciona como mercancía, los discursos son exitosos “si venden bien” o un fracaso si venden mal, y el lenguaje dominante en estos tiempos es el de las cifras: un lenguaje propio de la economía. De allí la apreciación de Boris Groys de que la revolución comunista hoy día consistiría en una transferencia de la sociedad desde el medio del dinero al medio de la lengua. Que devuelva a la política su capacidad de argumentar, de discutir o hasta de prohibir.


En paralelo, estos días leí Filosofía otaku de McKenzie Wark, traducido para la revista online Microcentro por Claudio Iglesias. En ese texto también aparece una discusión acerca de “la decadencia de los grandes relatos”, o para ponerlo en términos lacanianos: “una crisis de la eficiencia simbólica”, también conectada con la pérdida de prestigio de la autoridad paternal o nacional. Adscribimos a esta tesis, con sus aspectos a celebrar y otros a proteger con cierta melancolía. Recuerdo cuando Alberto Fernández ganó las elecciones y tras el discurso en el Congreso visitó Plaza de Mayo, era una tarde calurosísima y mientras caminábamos por las calles, recogiendo un pin con los colores de la bandera argentina y un corazón amarillo reemplazando al sol en el medio, se había empezado a correr la voz de que iban a imprimirse cuadernillos pedagógicos problematizando sobre el rol de los medios en la sociedad. Creo que nunca se imprimieron, y dudo si podrían haber alcanzado la belleza de aquellos cuentos en los que Eva y Perón nos salvaban de las fauces del liberalismo.


La ausencia de un relato de largo aliento o de un narrador autorizado nos priva de la posibilidad de enfrentarlo y nos confina a la pasividad, vivimos sumergidos en nuestras realidades aisladas como burbujas, en donde aquello que difiere o se desconoce simplemente se cancela, no existe. Tampoco el contenido que leemos nos pertenece, no sólo que desconocemos quién lo creó sino que llega a nuestras pantallas como resultado de un algoritmo que potencia algunos rasgos de nuestra personalidad, quizás bastante problemáticos. Mark Fisher hablaba de los peligros de una cultura que solo se preserva en donde nada nuevo la modifica o desafía. McKenzie Wark pone el acento en que esa cultura es además propiedad de las grandes corporaciones privadas: los “grandes relatos” han sido reemplazados por “la base de datos” en la posmodernidad, nos dice.


En todo caso, aprovechemos las pequeñas chances de imaginar. Por ejemplo, supongamos que el FMI nos concediese un momento de soberanía, apenas coyuntural luego de arduas negociaciones, y supongamos también que Google nos permitiese acceder a grandes bases de datos sin tener que pagarle fortunas, ¿cuáles perfiles seleccionaríamos para formar parte de nuestro movimiento? ¿a quiénes querríamos seducir? Imaginemos también que nuestro movimiento no necesita ganar ninguna elección para sobrevivir colectivamente. Son bellas las banderas, debemos promulgar una buena alienación.

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