• Mario Scorzelli

La mutación del discurso


De la biblioteca al taxi.


Hace frío, no hay ganas de tocar el bombo, ni brasas ardientes en la parrilla para calentar las manos, el estómago o el espíritu. Las banderas, viejas y sucias, se vuelven difíciles de sostener. El sindicato logró un 60% de aumento en paritarias y aun así parece poco. Algo parecido pasa con lxs pequeñxs comerciantes, a pesar de los inconvenientes y la penuria económica siguen levantando las persianas metálicas con inercia. En teoría, se activó la economía, pero para algunxs solo se trata de la tétrica comparación con un animal muerto.


Hace 50 años esa es la retórica que utilizan lxs analistas políticxs para hablar de Argentina y aunque algunx se enoje con la simplificación de los discursos no parece tan buena estrategia salir a desmentirlos como asumir sus méritos. Pagni, Canosa, Grabois, María O'Donnell, Guillermo Moreno (a pesar de sus anticuadas creencias) tienen algo de razón, su descripción sobre los problemas de Argentina parece bastante realista. Sin embargo, a quien le interesa describir la realidad… ¡sobre todo cuando parece tan fea! ¿Eso es lo mejor que podemos hacer lxs artistas y lxs críticxs? ¿describir una realidad que ya sabemos que es fea?


Quizás, otra alternativa más interesante podría comenzar diciendo: “¡OK Pagni!, ¡tienen razón!, estamos en problemas y lo que tenemos que ver ahora es que carajo vamos a hacer”. Ya sea que optemos por tirarnos a dibujar garabatos mientras escribimos poemas o que salgamos a repartir volantes interrumpiendo las clases en alguna universidad, o que hagamos las dos cosas, esa pregunta: ¿Qué carajo vamos a hacer? tal vez sea la única forma de encontrar en el arte y la política algo en común.


Lxs críticxs de arte dicen que el fin de la historia fue en los 90, que los años 2000 nunca existieron, pero acá estamos en el 2022. Lxs analistas políticxs viven hablando de las internas del peronismo como si lo que nunca hubiera terminado fueran los 70, mientras tanto los años siguen pasando, el sol saliendo y el peso depreciándose. Algo que no deberíamos olvidar es que aunque las cosas no cambian mucho, igual cambian.


Hablando de internas peronistas, hay una anécdota muy linda de Julio Bárbaro en la que recuerda su amistad con Horacio González. La leyenda cuenta que Bárbaro se paseaba con un ejemplar de “La Filosofía de la Historia” de Hegel o, mejor dicho, un ejemplar de “La filosofía de la Historia” paseaba a Julio Bárbaro por las calles de Buenos Aires. Como lxs adolescentes que cargan en sus manos las patinetas sin saber bien cómo usarlas, Julio Bárbaro llevaba el libro de Hegel. Al parecer, encontrar unx políticx paseando con un libro de Hegel era casi tan extraño como verlx andar en patineta. Eso fue lo que llamó la atención de González, que se acercó como unx de esxs viejxs skaters que conocen todos los trucos. En definitiva, lo importante es que ese libro —aunque Julio Bárbaro nunca haya terminado de leerlo— les sirvió para reconocer que pertenecían a bandos distintos: el taxi y la biblioteca.


La universidad no era un buen lugar para que Julio Bárbaro se quede a vivir. La vida y las ganas no le dieron mucho tiempo para los libros. De todas maneras, para él no son cosas de las que valga la pena aferrarse con fuerza. Así fue que atravesó a contramano las aulas con su libro sin leer para volver rápido a las calles y conducir un taxi que le permitió sacarle jugo a las charlas en la noche.


Pero… ¿qué tiene que ver Julio Bárbaro en todo esto? Es verdad, el motivo del texto no era tanto insistir con esas mismas narrativas que ya llevan al menos 50 años enfrentando a lxs academicxs y lxs callejerxs. Un enfrentamiento que puede adoptar diferentes nombres pero que parece designar siempre lo mismo. Como apariencias cambiantes de algo que se mantiene más o menos igual. Podríamos hablar del arte rosa light o rosa luxemburgo, de estatistas o comerciantes, de militantxs o trabajadorxs, pero la esencia del problema parece continuar invariable a lo largo del tiempo, como si fuéramos nosotrxs ese viejo libro de Hegel que se pasea entre la biblioteca y el taxi sin que nadie encuentre otra forma de leerlo.


Frankenstein y el Doctor.


Si algún alumno de la Universidad General San Martín se entusiasma con esa anécdota de Julio Bárbaro y se atreve a buscar el libro de Hegel, encontrará que la Biblioteca lleva el nombre de Horacio González. Más allá de esa casualidad forzada hay mucho para hablar sobre la Biblioteca. Tal vez sea mejor abandonar esos personajes que nos acompañaron hasta ahora y pasar a otros. Pero por más que quisiéramos nunca podríamos, sobre todo si recordamos el plan de Julio Bárbaro para “unir” a la Argentina que consistía en organizar un almuerzo entre Néstor, Cristina, Alberto, Beatriz Sarlo y Tulio Halperín Donghi, que terminaría siendo más que significativo para nuestra historia o, mejor dicho, para nuestro presente. Julio Bárbaro con sus mañas aprendidas en la calle, entre el taxi y el Mercado del Abasto, tuvo más influencia en la política que cualquier otrx universitarix, aunque haya salido todo al revés de lo que él esperaba. Alcanza con reproducir las palabras de Sarlo después de ese almuerzo para entender de qué estamos hablando: "La única persona con la que se puede discutir es Alberto Fernández". A veces es necesario que pasen una o dos décadas para digerir bien un almuerzo o llegar a desarrollar alguna idea a partir de la lectura de un libro.


Volviendo a la biblioteca, hay otros dos grandes profesores que tienen mucho que ver a la hora de pensar los discursos que venimos discutiendo: Eliseo Verón y Ernesto Laclau. Sus biografías tienen muchos puntos de contacto, los objetos con los que trabajaron también. Sin embargo, a pesar de compartir el interés por los discursos, lo hicieron con metodologías muy diferentes. Este punto puede ser central para entender los conflictos internos de la biblioteca, que está lejos de reducirse a un conjunto homogéneo, sino que se trata de una categoría compleja que contiene diversas estrategias y objetivos.


Si la biblioteca hoy lleva el nombre de Horacio González, la oficina de posgrados, con sus innumerables formularios, fichas de alumnos, programas de seminarios y tesis pendientes de revisión bien podría llevar el nombre de Eliseo Verón. A él le debemos la teoría de los discursos sociales, una sofisticada metodología de estudio que se destaca por la solidez conceptual con la que construye su matriz analítica pero que en el terreno práctico resulta difícil encontrar lugares de aplicación más interesantes que los trabajos universitarios o los estudios de marketing. De todas maneras, no deberíamos menospreciar el alcance de esos discursos.


Es una impostura intelectual, bastante habitual en los bares porteños, quejarse de las restricciones que el mundo universitario y su burocracia les imponen a las ideas. Se han escrito numerosos libros, celebrado congresos y realizado charlas sobre este tema pero, como todos sabemos, la única finalidad de esos debates es continuar diplomáticamente con los conflictos para procrastinar eternamente cualquier tipo de resolución. Considerando el actual nivel de exigencias que presenta el mundo académico, quejarse de las restricciones que puede llegar a imponer la universidad es al menos algo desmedido. La universidad quizás tenga otros problemas, pero coartar el desarrollo de la inteligencia está lejos de ser una de sus facultades.


Volviendo con la teoría de los discursos sociales, un caso excepcional que nos permite evaluar el potencial de aplicación de estas ideas y el rol del universitario en el desarrollo de las sociedades es la presentación realizada en una audiencia pública por parte de Eliseo Verón para defender al Grupo Clarín en el debate sobre la Ley de Medios. Según su planteo, internet debería ser tratada como una “mutación en el acceso”. Internet era un mutante, un ser híbrido medio televisor medio imprenta, lo suficientemente deforme como para ser considerado él mismo un medio por derecho propio. Internet era como un Frankenstein, un monstruo al margen de la ley. Ese es uno de los inconvenientes habituales de las teorías analíticas, por más que creen casilleros en donde ubicar las cosas y tengan todo bastante ordenado, siempre aparece una ficha que no saben dónde acomodar. Por otra parte, en el frío análisis de un científico de los discursos sociales, las implicancias políticas de la circulación del sentido que ponía en juego la Ley de Medios era un factor extra-semiótico que simplemente excede el nivel de análisis. Más allá de este caso ilustrativo, lo importante es que con Verón la semiótica aparece como el elemento de renovación epistemológico ideal para reemplazar la expresión material por la expresión discursiva y subsumir los fundamentos de los discursos del poder al poder de los discursos. Las carreras de posgrado le deben algo a sus aportes metodológicos (al menos un instrumental analítico bastante eficaz para el abordaje de fenómenos socio-semióticos en el marco de la investigación universitaria) el tema es que quizás también sus mutantes le deban algo. Al fin y al cabo, para tener un Frankenstein se necesita un doctor.


Lo interesante de la respuesta de Internet a la teoría de los discursos —ya sea que se trate de un medio o de un mutante— fue que se encargó, sin parámetros estables para sostener las ilusiones, de expandir la biblioteca más allá de las paredes de las aulas faltas de calefacción. Como si ese viejo libro de Hegel que paseaba con Julio Bárbaro no fuera suficiente para pensar nuestro tiempo, la teoría encontró un nuevo lugar para expresarse en la Revista Luthor. Una aventura editorial del ciberespacio encargada de interrogar la formación intelectual de la biblioteca universitaria y revisar sus métodos de análisis cultural. Si con Julio Bárbaro vimos como es la lectura de taxista y con Eliseo Verón la lectura del analista universitario, con Revista Luthor asistimos al proceso en el que Frankenstein aprende a leer.


El centro de estudiantes y la fotocopiadora alien


Volviendo con los dos profesores que citamos hace un rato y señalamos su importancia para entender nuestra relación con los discursos, ahora deberíamos tirar de la piola de Ernesto Laclau. Lo primero que encontramos es que el sueño de una Argentina unida, la nafta que movilizaba el corazón trabajador de Julio Bárbaro, se revela como una quimera imposible y, para sorpresa de muchos, nuestro lector de Hegel se podría convertir en un utopista o, siendo menos generosos, en un ingenuo, aunque no deberíamos descartar la posibilidad de que nada de eso sea cierto.


Para Laclau y Mouffe la emergencia de identidades plurales (ecologistas, antinucleares, cibernéticxs, etc) multiplican y diversifican las luchas políticas contemporáneas eludiendo la tradicional división de clases y complejizando la tarea de estructurar el espacio político como si tuviéramos que juntar piezas de distintos rompecabezas o anillar las fotocopias sueltas para armar el cuadernillo con las lecturas de una materia que tiene algo del curso de lingüística general de Saussure y páginas sobre teoría lacaniana.


Si la oficina de posgrados es el lugar de Eliseo Verón, el centro de estudiantes debería llevar el nombre de Ernesto Laclau. Al menos parece el lugar de la universidad en el que mejor germinan sus ideas, entre pilas de fotocopias con apuntes clásicos de autores marxistas malversados por los profesores. Con capítulos amputados, páginas tachadas y manchas de yerba fosilizada que fueron dejando sus huellas en las infinitas copias destinadas a apoderarse como un alíen de la mochila de lxs alumnxs. Si algo nos deja la lectura de la fotocopiadora universitaria es la pérdida de aura del marxismo ortodoxo, en gran parte por el proceso mecánico de la reproducibilidad técnica.


Pero, como fuimos viendo, gracias a lxs taxistas, a Canosa, a Grabois y tantxs otrxs, no toda la teoría está en la universidad; quizás el mismo centro de estudiantes tampoco esté realmente en la universidad. Leonora Djament habla de críticas cartoneras para pensar las vueltas que tuvo la teoría en algún momento cerca de 2010 (un poco antes, un poco después y quizás también ahora). La teoría se socializaba en internet y se podía leer en computadoras como las que distribuía el gobierno a través del programa “conectar igualdad” que, casualmente, podría ser un nombre adecuado para pensar el discurso de Laclau y su desafío de encontrar equivalencias entre las demandas insatisfechas de colectivos tan diversos como podrían ser floggers, ecologistas, antinucleares, etc.


Para continuar revisando el rol de lx profesorx universitarix en el desarrollo de las sociedades, podríamos señalar que mientras Eliseo Verón puso en juego su teoría del análisis del discurso para defender al Grupo Clarín en una audiencia pública, Ernesto Laclau se ocupó de asesorar al kirchnerismo en materia discursiva y reivindicar el populismo como un movimiento capaz de impulsar a las mayorías postergadas al centro de la escena política. Lamentablemente, o sin tiempo para lamentos, a pesar de creer que la retórica jugaba a su favor las elecciones se perdieron y las hojas sueltas de los cuadernillos tuvieron que volver a acomodarse para desarrollar una estrategia que permita continuar sin tirar todos los apuntes al tacho. Ahora parece que está llegando, otra vez, el momento de evaluar cómo fueron los resultados y comenzar a barajar de nuevo los apuntes.


Así como el área de posgrado encontró un Frankenstein monstruoso en la revista Luthor, el marxismo alien de la fotocopiadora encontró un huésped en la “plataforma de proyectos críticos con base en las artes visuales, la literatura, la teoría cultural y la economía política” llamada revista Planta. La figura del alien quizás también puede ser útil para pensar la crítica trascendental de Planta con sus múltiples giros copernicanos y ptolomeicos que abren y cierran portales exploratorios entre el interior y el exterior del ser, las obras, los libros, la mercancía, el pueblo, la militancia o cualquier otra apariencia que encarne transitoriamente el sujeto de la historia.


Si tuviéramos que analizar cómo funciona el engendro salido de las fotocopias deberíamos decir que contagiar, poseer y apasionar, son cosas que suceden con el alien marxista, que puede ser algo romántico y hasta místico, al menos si lo comparamos con otros monstruos.


Hoy, la ausencia de esos profesores universitarios nos deja un gran vacío. Similar al que podríamos encontrar en el concepto de pueblo, pero el vacío nunca está del todo vacío y sus voces continúan rebotando en el espacio como un eco lejano. Quizás sea la hora de que el monstruo adquiera soberanía y se emancipe definitivamente del doctor o el momento de que la descendencia del alien marxista se convierta en una nueva especie.

 

otros textos:

- "Plaza de la libertad", Justine Tunney - "Leer y escribir", Helena Pérez Bellas - "Aguante el marxismo vulgar", Mckenzie Wark

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